La brisa del atardecer acariciaba el jardín de la mansión Valtierra, meciendo suavemente los rosales que Elisa había plantado tantos años atrás. Era un lugar que había sido testigo de mi dolor, de mis lágrimas, de mis dudas. Pero también era el lugar donde había encontrado mi hogar. Donde había aprendido que el amor, el verdadero, siempre encuentra su camino.
Cinco años habían pasado desde aquella boda en la mansión Pierro. Cinco años de risas, de abrazos, de noches en vela con los niños, de mo