Dos días después de la firma del contrato, un vehículo oficial de la familia pasó a buscar a Thiago y a mí para trasladarnos a la mansión Valtierra. Mi pequeño miraba todo por la ventanilla con ojos muy abiertos y llenos de curiosidad, las calles amplias, las casas grandes y, al llegar al destino, los altos árboles, los jardines bien cuidados y la imponente fachada principal de la residencia.Yo, en cambio, sentía una opresión en el pecho que no lograba quitarme. Todo era demasiado grande, demasiado silencioso y, sobre todo, demasiado ajeno. Al cruzar la entrada principal, sentí que estaba entrando a un mundo al que no pertenecía, a pesar del papel que acababa de firmar.Una empleada de mediana edad, seria pero educada, nos guió hasta el sector trasero de la vivienda, alejada de las habitaciones principales de Yerald y sus hijas.—Aquí estarán cómodos —indicó la mujer mientras abría las puertas de las habitaciones—. Esta es la suya, y la del niño está justo al lado, con sus propios ju
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