El sol de la mañana se filtraba a través de los cortinajes de seda de mi habitación, tiñendo todo de un tono dorado que parecía prometer que aquel día sería perfecto. Había dormido apenas unas horas, pero no sentía cansancio. Solo una emoción tan inmensa que apenas podía contenerla.
—María, ¿estás lista? —preguntó mi abuela desde la puerta, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—Creo que sí —respondí, sintiendo que el corazón me latía con fuerza.
La mansión Pierro se había transformad