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Capítulo 16: La Habitación Parroquial

POV DAMIÁN 

El peso de mi propia sotana en el perchero de la esquina se sentía como el cadáver de un hombre que ya no existía. Aquellos hábitos, que durante años habían representado mi disciplina, mi orden y mi sumisión a una jerarquía invisible, ahora no eran más que un disfraz para ocultar al animal que Elena había despertado en mis entrañas. 

Quedaban apenas unos días para mi traslado forzoso al norte. La Diócesis creía que me enviaba a una posición de mayor prestigio; no sabían que me estaban arrancando el pulmón con el que respiraba el aire denso y pecaminoso de San Judas.

La noche del martes avanzaba con una lentitud exasperante. Me encontraba en mi habitación privada, en la planta alta de la casa parroquial, un espacio sobrio, de paredes de piedra vista, una pequeña mesa de noche con una lámpara de luz tenue y una gran cama de madera rústica cubierta por sábanas blancas y ásperas. No había aire acondicionado allí arriba; el ventilador de techo giraba con un chirrido rítmico, moviendo un aire caliente que apestaba a tormenta y a mi propia frustración.

Entonces escuché el clic de la puerta principal abajo. El sonido de unos pies descalzos subiendo los escalones de piedra me hizo ponerme en pie de golpe. Mis casi un metro noventa de estatura se tensaron, la musculatura de mi espalda y mis hombros rígidos bajo la fina camisa gris que vestía, desabotonada por completo hasta el abdomen velludo.

Elena entró sin llamar. Traía el vestido de seda deshecho por el cuello, el cabello castaño chocolate completamente desarreglado sobre los hombros y los ojos avellana encendidos con esa fijeza de la obsesión que me volvía loco. No quedaba rastro de la organista sumisa en sus facciones; era una hembra reclamando a su macho antes de que la distancia nos destruyera.

—Marta está vigilando la entrada principal de la iglesia —susurró, con la respiración entrecortada, cerrando la puerta del dormitorio y apoyando su espalda contra la madera—. Tuve que entrar por la tapia del huerto trasero. Me rasgué el vestido, Damián... no me importa. Me estoy volviendo loca en mi casa. Siento el olor de tu piel en mis manos y necesito que me borres el miedo.

No le respondí con palabras. El barítono de mi voz se había quedado seco por la urgencia carnal que me golpeó las sienes. Avancé los tres pasos que nos separaban con una zancada, implacable. La acorralé contra la puerta. Mis manos grandes se enterraron en su cabello, tirando de la masa castaña hacia atrás con la fuerza justa para obligarla a mirar hacia arriba, exponiendo su cuello pálido y la línea perfecta de su mandíbula.

—Te dije que no vinieras aquí, Elena —gruñí contra sus labios, sintiendo su aliento caliente mezclarse con el mío—. Si te encuentran en mi cama, la señora Marta no solo te echará del pueblo; te arrastrará por la plaza.

—Que me arrastre —gimió ella, abriendo los labios para buscar mi boca—. Pero hágalo ya. Fólleme aquí, Damián. En su propia cama. Quiero que me deje marcada antes de que se vaya.

Esa maldita audacia fue el tiro de gracia para mi cordura. Solté un rugido rudo que vibró en todo mi pecho y capture su boca en un beso destructivo, explícito, salvaje. Mi lengua invadió su cavidad sin ninguna delicadeza, succionando y reclamando su humedad mientras mis manos bajaban por sus costados, desgarrando la tela ya maltrecha de su vestido azul. Los botones saltaron contra el suelo de piedra con pequeños chasquidos secos.

La desnudé a tirones, dejándola completamente expuesta bajo la luz mortecina de la lámpara. Su cuerpo de reloj de arena brillaba por una fina capa de sudor: el busto firme, los pezones rígidos como perlas oscuras debido a la agitación, la cintura estrecha y esas caderas anchas que se curvaban hacia unos muslos carnosos. No llevaba ropa interior. Estaba completamente desnuda bajo el vestido, lista, empapada de un fluido denso que exhalaba un aroma afrodisíaco que inundó la habitación parroquial.

La tomé por las muñecas con un solo agarre de mi mano derecha, inmovilizándola sobre su cabeza contra la madera de la puerta, y usé mi mano izquierda para desabrocharme el pantalón clerical, tirándolo al suelo junto con mis botas. Mi hombría saltó hacia afuera, enorme, gruesa, completamente erecta y pulsante, con las venas marcadas por el bombeo salvaje de mi sangre.

Me pegué a ella. El contraste de mi pecho cubierto de vello oscuro y mi piel bronceada contra la blancura suave y perfecta de su anatomía la hizo soltar un quejido agudo. Bajé la cabeza hacia su busto, atrapando uno de sus pechos firmes con mi boca. Chupé la piel con una fuerza desesperada, ruda, saboreando la textura de su carne mientras mi lengua trazaba círculos rápidos alrededor de su pezón, para luego succionarlo profundamente.

—Ah... ¡Damián! —gritó Elena, arqueando la espalda, intentando soltar sus muñecas de mi agarre.

—Te ordené que no hicieras ruido, Elena —le recordé con voz ronca, deteniéndome un segundo para clavar mis dientes en la base de su cuello, dándole un mordisco áspero que dejaría una marca violenta y oscura para el día siguiente—. Las paredes de esta casa son de piedra, pero el sacristán duerme en el ala oeste. Si te escuchan, no habrá Dios que te salve de la humillación. Trágate los gritos.

La arrastré hacia la cama de madera rústica. La empujé de espaldas sobre las sábanas blancas, que se arrugaron de inmediato bajo su peso. Me subí a la cama, colocándome de rodillas entre sus piernas, que se abrieron de par en par de forma natural, ofreciéndome el santuario de su intimidad. Su coño estaba hinchado, de un color rosado encendido y completamente cubierto por el brillo de su propia excitación.

No quise ir directo a la penetración; la desesperación de la última semana exigía un tributo más sucio. Me deslicé hacia abajo, sujetando sus muslos firmes con mis manos, fijándolos contra el colchón con una fuerza física imponente. Hundí mi rostro directamente entre sus piernas.

El contacto de mi lengua caliente y áspera contra su clítoris la hizo dar un respingo violento. Comencé a chupar su coño con un hambre demencial, explícita. Mi lengua trazaba líneas húmedas de abajo hacia arriba, lamiendo sus labios internos, saboreando sus fluidos carnales con una devoción blasfema, mientras introducía dos de mis dedos largos y venosos en su interior para estirarla, provocando un sonido húmedo de fricción que llenaba el silencio de la habitación. Elena se llevó las manos a la boca, mordiéndose sus propios dedos para cumplir mi orden de silencio, con los ojos avellana inundados de lágrimas por la tortura de un placer que no podía gritar.

Verla en ese estado de sumisión absoluta, destruida por mi boca en la cama parroquial, me encendió la sangre. Me incorporé de golpe, arrodillándome sobre ella. Sujeté sus caderas con ambas manos, hundiéndole los dedos en la carne con una firmeza que denotaba mi derecho de propiedad. Me posicioné en la entrada de su centro ardiente.

—Mírame, Elena —le ordené con mi barítono más denso, mirándola con los ojos negros inyectados en sangre—. Quiero que recuerdes este grosor cada vez que mires el altar cuando me haya ido. No eres de Carlos, no eres de este pueblo. Eres mi puta pecadora.

Sin el menor rastro de suavidad, me empujé hacia adelante con un golpe firme, brutal y profundo. Me hundí en ella de una sola embestida hasta tocar su matriz.

Un gemido quebrado, ahogado y agudo murió contra sus propias palmas. Su estrechez me rodeó como una mordaza de carne caliente, estirándose al límite para dar paso a toda mi longitud. La plenitud fue devastadora para ambos; me congelé un segundo dentro de ella, apretando los dientes mientras sentía el pulso salvaje de su interior latiendo alrededor de mi miembro.

Comencé a moverme con un ritmo rítmico, rápido y asfixiante. Cada penetración era una embestida salvaje, un golpe directo y explícito que hacía crujir la estructura de madera de la cama contra la pared de piedra del dormitorio. El compás rústico de nuestros cuerpos impactando, el sudor espeso que goteaba de mi frente sobre su pecho y el sonido de las sábanas arrastrándose creaban una sinfonía sucia en mitad de la noche.

Me incliné sobre ella, apoyando mis manos a los lados de su cabeza, follarla duro y rico era un sueño una fantasía dulce y deliciosa, sintiendo cómo mis músculos se tensaban con cada vaivén. 

Elena arqueaba las caderas por puro instinto, buscando mayor profundidad, enredando sus piernas firmes alrededor de mi cintura alta, elevando su pelvis para recibir cada uno de mis golpes secos. Su carne me apretaba tanto que sentía que iba a perder el control en cualquier momento, pero la fijeza de mi obsesión me obligaba a prolongar su castigo.

—Damián... más... me gusta tu miembro, soy adictaa ti... —alcanzó a articular en un hilo de voz cuando apartó la mano un milisegundo, pero volví a taparle la boca con mis labios, devorándola en un beso hambriento que le cortó el aire.

El ritmo se volvió frenético, salvaje, desprovisto de cualquier atisbo de contención pastoral. Éramos dos bestias consumiéndose a las puertas del final. 

La penetraba de forma explícita, viendo cómo su vientre se hundía con cada embestida profunda, saboreando la humillación y el placer puro de profanar mi propio lecho con la organista del pueblo.

La tensión en su interior llegó a un punto de no retorno. Sentí las primeras contracciones salvajes de su carne apretándose alrededor de mi hombría, el aviso de que su clímax la estaba destrozando. Sus ojos avellana se pusieron en blanco por un segundo, el cuerpo rígido como una cuerda de órgano tensada al máximo. Su orgasmo la sacudió en oleadas espasmódicas, violentas, silenciosas.

Al sentir el vacío de su sumisión total, perdí la última barrera de mi disciplina. Solté un rugido sordo, animal, que vibró desde lo más profundo de mi pecho. Di las últimas embestidas brutales, definitivas, hundiéndome en ella con una fuerza que hizo crujir la cama por última vez, y me corrí profundamente en su interior. 

La descarga de mi semen fue cálida y fue larga, densa, una inundación posesiva que selló nuestra condena en las sábanas de la casa parroquial, dejándonos vacíos, sudorosos y marcados por un pecado que ya no tenía perdón posible.

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