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Capítulo 15: La Última Semana

NARRADOR OMNISCIENTE 

El lunes por la mañana llego con un cielo de color plomo que amenazaba con una tormenta que nunca terminaba de romper. Faltaban exactamente siete días para el regreso del párroco titular y la partida definitiva del Padre Damián de San Judas. El ambiente en el pueblo se había vuelto irrespirable. 

La fallida incursión nocturna de la señora Marta en la iglesia no había calmado sus ansias de inquisición; al contrario, la sospecha de que algo impuro se gestaba entre los muros de piedra se había extendido entre el ala más conservadora de las feligresas.

Para Elena, el tiempo de las medias tintas y las fachadas se había terminado. El peligro extremo de la noche del viernes, lejos de infundirle miedo, había quebrado el último rastro de prudencia que le quedaba en el cerebro. La adicción a las manos de Damián, a su barítono dictando órdenes y a la violencia carnal de su posesión la gobernaba por completo. Ya no le importaba salvar su reputación ni mantener el estatus de la organista modelo.

La primera línea de fuego se cruzó a las diez de la mañana en la plaza principal. Carlos, el ingeniero, la abordó junto a la fuente de piedra, con el rostro demudado por la humillación y el ceño fruncido tras sus anteojos de marco fino. Llevaba días intentando hablar con ella, topándose siempre con un muro de respuestas evasivas.

—Elena, tenemos que hablar ahora mismo —exigió el joven, intentando tomarla del brazo con una firmeza que a ella le resultó insultante.

Elena dio un paso atrás de inmediato, retirando el brazo con un movimiento seco, despectivo. Sus ojos avellana, habitualmente esquivos, se clavaron en él con una frialdad que lo congeló en el sitio.

—No tenemos nada de qué hablar, Carlos —sentenció ella, con una voz clara y cortante que resonó en el pasillo de la plaza, llamando la atención de dos beatas que salían de la mercería—. Lo que sea que la señora Marta haya planeado para nosotros se terminó. No va a haber compromiso, ni boda, ni nada. No insistas.

—¿Por qué? —Carlos alzó la voz, con el orgullo herido, con el rostro encendido de rabia—. ¿Por qué me tratas como a un extraño? He sido paciente, he seguido todas las normas, le pedí la bendición al nuevo sacerdote... ¡Es por él, ¿verdad?! ¡Es por el Padre Damián! Desde que ese hombre llegó, tú no eres la misma. Todo el pueblo dice que te tiene bajo una especie de control, que pasas horas metida en esa casa parroquial...

—¡Cállate! —le espetó Elena, sin inmutarse por las miradas que se clavaban en ellos desde los portales—. No vuelvas a pronunciar su nombre. Mi vida no es de tu incumbencia, ni de la de Marta, ni de la de nadie en este maldito lugar. Búscate a otra para queseatu esposa, Carlos. Conmigo perdiste el tiempo.

Se dio la vuelta, dejando al ingeniero plantado en mitad de la plaza, con la boca abierta y la dignidad hecha pedazos. El escándalo menor estalló de inmediato; las mujeres comenzaron a murmurar detrás de los abanicos, y la noticia de que la organista había roto definitivamente con el pretendiente oficial corrió como la pólvora hacia los oídos de la junta parroquial.

A Elena no le importó. Caminó con paso firme, con las faldas oscuras balanceándose al ritmo de sus caderas, impulsada por una urgencia biológica que la quemaba por dentro. 

Sabía que Damián la estaba esperando en el despacho. Sabía que la cuenta atrás de la última semana había comenzado para ambos y que la represión de los últimos días solo había vuelto el deseo más sucio, más explícito y más salvaje.

Entró en la casa parroquial por la puerta trasera, cerrando el pestillo con una fuerza que hizo vibrar los cristales. Subió los escalones de piedra casi corriendo, con el pulso desbocado. Al empujar la puerta de la oficina, se topó de frente con la figura masiva del sacerdote.

Damián estaba de pie frente al escritorio de caoba. Había escuchado el portazo y el rumor lejano de la plaza. Su rostro era una máscara de rigidez, pero sus ojos negros brillaban con una chispa de pura demencia posesiva al ver la audacia con la que la joven entraba a su territorio. La sotana negra estaba desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando la musculatura perfecta y el vello oscuro empapado en el sudor provocado por el encierro.

—Acabas de armar un alboroto en la plaza, Elena —dijo con su barítono rudo, pero no había reproche en su tono; había una corriente de excitación densa que la hizo flaquear las rodillas.

—He terminado con él. He terminado con todo, Damián —respondió ella, avanzando hacia él sin detenerse, dejando caer su bolso al suelo—. Me importa un demonio lo que digan. Nos queda una semana. Siete días antes de que te vayas y me deje en este infierno. No voy a perder un solo segundo fingiendo que soy la niña buena de San Judas.

Un gruñido rudo y sordo escapó del pecho de Damián. La confesión de la joven, sumada a la visión de sus ojos avellana encendidos por la fijeza de la obsesión, terminó por demoler el último dique de contención del hombre. La última semana no iba a ser una semana de arrepentimiento o de despedidas lacrimógenas; iba a ser una demolición absoluta de sus votos.

Avanzó los dos pasos que los separaban, la tomó por el cuello con su mano grande y venosa, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, y estampó sus labios contra los de ella en un beso que supo a posesión, a saliva y a un hambre animal que los hizo gemir a ambos. No hubo preámbulos. Sus manos fuertes bajaron por el cuerpo de Elena, desabotonando el vestido de algodón azul con una brusquedad.

La desnudó en mitad del despacho, exponiendo su piel blanca y turgente a la penumbra de la habitación. Elena, poseída por la misma locura, tiró de la tela de la sotana de Damián, ayudándolo a despojarse de la prenda pesada hasta que ambos quedaron completamente desnudos en el centro de la oficina, los cuerpos brillantes por el sudor y la prisa.

La tomó por las caderas con una fuerza que le dejaría los dedos marcados en la carne durante días, la levantó y la obligó a enredar sus piernas firmes alrededor de su cintura alta. Con un solo movimiento fluido, rítmico y despiadado, se posicionó y se hundió en ella de un solo golpe profundo que la hizo arquear la espalda y clavar las uñas en los hombros musculosos del hombre.

Un grito quebrado de pura plenitud fue devorado por la boca de Damián mientras comenzaba a follarla de pie, sosteniendo todo el peso de su cuerpo con la sola fuerza de sus brazos. 

El ritmo fue rápido, rico y ensorbedecor, un vaivén explícito donde las caderas de ambos chocaban con un sonido húmedo que llenaba el despacho, marcando el inicio de la última e indomable semana de su condena.

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