POV ELENA La mañana del domingo trajo consigo un tipo de tortura diferente. El sol de finales de junio caía implacable sobre la plaza de San Judas, pero dentro del templo el ambiente se sentía extrañamente cargado, asfixiante. Sentada frente al órgano, con las manos ejecutando los acordes del ofertorio, mi cuerpo arrastraba las secuelas físicas de nuestros encuentros clandestinos. El encaje negro de mi ropa interior, oculto bajo la falda gris de siempre, rozaba mi piel aún sensible, recordándome con cada movimiento las marcas invisibles que Damián había dejado en mis muslos.Sin embargo, el verdadero suplicio no era el cansancio, sino las voces.Al terminar la primera misa, me quedé rezagada en el coro ordenando las partituras, oculta por la barandilla de madera. Abajo, cerca del pasillo central, un grupo de feligresas se había reunido a las puertas del despacho parroquial. Entre ellas estaba la señora Marta, pero también varias de las mujeres más jóvenes del pueblo, vestidas con su
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