Mundo ficciónIniciar sesiónPov Elena
Las luces de Los Ángeles jamás se apagaban, y desde el ventanal del piso cuarenta de la torre corporativa de nuestra firma inmobiliaria, la ciudad parecía una alfombra infinita de estrellas caídas. Era una vista imponente, despiadada y perfecta; exactamente como la vida que habíamos construido sobre las ruinas de lo que alguna vez fuimos.
Ajusté la tela de seda de mi vestido color crema frente al espejo de mi oficina privada. Me observé unos segundos, deteniéndome en los detalles que el tiempo había transformado. A mis treinta y seis años, la muchacha asustadiza que vestía faldas grises por debajo de la rodilla, con el cabello recogido en trenzas apretadas que le dolían en el cuero cabelludo, no era más que un fantasma lejano. En su lugar, el reflejo me devolvía la imagen de una mujer impecable, segura de sí misma, envuelta en telas caras, joyas finas y un halo de poder que no le debía nada a nadie.
Aquel pueblo opresivo llamado San Judas, con sus paredes de piedra helada, sus murmuraciones en las esquinas y la sombra asfixiante de la iglesia, se sentía ahora como un sueño lejano o una pesadilla de la que habíamos despertado hacía quince años.
Escuché unos golpecitos suaves en la puerta antes de que se abriera sin esperar respuesta. No necesitaba girarme para saber quién era. El perfume a madera de cedro, cuero caro y un matiz inconfundible de dominación masculina llenó el aire de la habitación antes de que sus pasos resonaran sobre la madera.
—Te estás mirando como si todavía temieras que alguien venga a decirte cómo debes vestirte, mi amor —murmuró la voz de Damián, grave, profunda y rasposa, resonando justo detrás de mi oreja.
Sus brazos me rodearon la cintura por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo. Un escalofrío automático me recorrió la espina dorsal. Quince años juntos, una vida entera reconstruida desde cero, y su solo contacto físico seguía encendiendo la misma chispa violenta y hambrienta que la primera vez que rozó mi piel en la penumbra del confesionario.
—Estaba pensando en cómo cambió todo —respondí, apoyando la nuca en su pecho ancho mientras mis manos buscaban sus brazos, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela de su traje hecho a medida—. En cómo pasamos de huir en la madrugada a ser los dueños de media costa oeste.
Damián soltó una risita baja, una vibración pesada que sentí en mi propia espalda. Sus manos, amplias y firmes, descendieron por mis caderas con posesión absoluta.
—No huimos, Elena. Reclamamos lo que era nuestro —corrigió, besando el nacimiento de mi cuello con una presión lenta que me hizo cerrar los ojos—. San Judas no era más que una jaula de viejos hipócritas. Cuando el titular regresó y dejamos la iglesia atrás, tú y yo simplemente tomamos el camino que nos pertenecía. Y mira en lo que te has convertido: mi socia, mi reina... la mujer más codiciada de este imperio.
Me giré entre sus brazos para mirarlo de frente. Damián había cambiado con los años, pero solo para volverse aún más peligroso. A sus cuarenta y tantos años, sus rasgos se habían endurecido con una elegancia madura y salvaje. Había dejado crecer una barba corta y cuidada, picada por unas pocas canas que le daban un aire aristocrático, pero sus ojos oscuros conservaban la misma intensidad devoradora, esa mirada de depredador que alguna vez intentó ocultar bajo la sotana. Ya no vestía el cuello clerical ni la tela negra y austera; ahora vestía trajes de miles de dólares, pero la presencia dominante de casi un metro noventa seguía siendo la misma que me hacía temblar las piernas a los veintiún años.
—Tu padre estaría orgulloso de ver lo que hiciste con el negocio familiar —le dije, pasando mis dedos por las solapas de su saco—. Aunque al principio no entendiera por qué dejaste los hábitos de la noche a la mañana.
Damián esbozó una sonrisa ladina, cargada de una arrogancia que solo él podía sostener.
—Mi padre entendió lo único que importaba: que su hijo no estaba hecho para servir a santos invisibles, sino para gobernar su propio mundo. Aprender el negocio inmobiliario fue fácil; la ambición ya la llevaba en la sangre. Lo único que me faltaba era la razón para quemar el mundo si era necesario, y esa razón eras tú.
Me incliné hacia él, buscando sus labios en un beso ardiente y profundo que nos dejó sin aliento a ambos. La pasión entre nosotros nunca se había enfriado; con el tiempo se había transformado en algo más maduro, más oscuro y asentado, pero no por ello menos voraz. Habíamos cambiado la culpa por el lujo, el secreto por la libertad, pero el deseo seguía siendo nuestra única religión.
Un tono suave resonó desde el teléfono de su bolsillo, interrumpiendo el momento. Damián suspiró contra mi boca, sacó el dispositivo y miró la pantalla antes de colgar sin responder.
—¿Nuestra niñera? —pregunté con una sonrisa, conociendo de antemano la respuesta.
—Sí. Dice que Lucas ya cenó y que está esperando que lleguemos para que le leamos el cuento antes de dormir.
Al escuchar el nombre de nuestro hijo de cuatro años, mi pecho se llenó de un calor profundo. Lucas era el centro de nuestras vidas, la prueba viviente de que de nuestra tormenta había nacido algo puro. Era la combinación exacta de ambos: con mis ojos claros y el cabello oscuro y rebelde de Damián. Si alguien le hubiera dicho a la joven Elena que un día tendría un hijo con el sacerdote de su pueblo, jamás lo habría creído. Y sin embargo, allí estábamos.
—Deberíamos irnos a casa entonces —dije, intentando dar un paso hacia atrás para recoger mi bolso.
Pero Damián no me soltó. Su mano se cerró con firmeza en mi muñeca, tirando de mí hacia adelante hasta que tropecé contra su cuerpo duro.
—El auto nos esperará diez minutos más —murmuró, con la voz volviéndose más oscura, más baja, tomando ese tono de mando que solía usar cuando me daba órdenes en la oscuridad—. Todavía no me has felicitado por cerrar el trato de la propiedad en Bel-Air esta tarde.
—Te di las gracias en la reunión de junta frente a todos los ejecutivos —bromeé, aunque el calor en mi vientre comenzaba a extenderse rápidamente al sentir su mano subir por mi muslo, apartando la seda de mi vestido.
—No quiero las gracias de la socia ejecutiva —dijo, acorralándome contra el escritorio de caoba—. Quiero la rendición de mi mujer.
Damián me levantó con una facilidad pasmosa, sentándome en el borde del escritorio y desplazando los documentos sobre la mesa. Mis piernas se abrieron instintivamente para acogerlo mientras sus manos subían por mis muslos con urgencia. Mis dedos se enredaron en su cabello maduro mientras su boca descendía a mi cuello con una voracidad que me sacó un gemido ahogado.
A pesar de los trajes italianos, del dinero, del estatus social y de la vida respetable que mostrábamos al mundo, en la intimidad Damián seguía siendo el mismo hombre implacable que me reclamaba como suya sin pedir permiso. Y yo seguía siendo la mujer que se entregaba a su pecado con una devoción absoluta.
—Mírame, Elena —ordenó en un susurro áspero, levantando mi barbilla mientras su otra mano desabrochaba con destreza el cierre posterior de mi vestido.
Obedecí. Lo miré a los ojos, viéndome reflejada en su mirada hambrienta.
—Eres mía —dijo, como una profecía que había repetido durante quince años y que nunca dejaría de ser cierta—. En San Judas, en Los Ángeles o en el infierno. Eres mía.
—Siempre he sido tuya, Damián —respondí, besándolo con desenfreno mientras su cuerpo se presionaba contra el mío, haciendo que el mundo exterior, los edificios deslumbrantes y el pasado lleno de sombras desaparecieran por completo.
Eramos los arquitectos de nuestro propio destino. Habíamos cambiado la penitencia por la gloria, y no había un solo segundo de nuestro pasado del que nos arrepintiéramos.







