Mundo ficciónIniciar sesiónPov Damián
El sonido seco del motor V8 de mi auto resonaba con firmeza en el garaje subterráneo de nuestro edificio en la zona más exclusiva de Los Ángeles. Apagué el contacto y permanecí unos segundos en silencio, observando el volante de cuero antes de mirar a Elena, quien retochaba su lápiz labial en el espejo de cortesía.
Quince años. Quince años desde que colgué la sotana en aquel armario de madera carcomida en San Judas y quemé las naves detrás de mí.
A veces, cuando el mundo financiero trata de presionarme en una negociación millonaria, me entra una risa amarga e interna. Ellos creen que están lidiando con un simple magnate inmobiliario educado en el rigor del negocio de mi padre. No tienen idea de que la verdadera disciplina, el arte de la manipulación y la frialdad la aprendí escuchando las miserias de la gente al otro lado de una rejilla de madera, fingiendo que me importaba su redención mientras en lo único en lo que pensaba era en la carne, en el aroma y en la perdición de la mujer que hoy se sienta a mi lado.
—¿En qué piensas? —preguntó Elena, girando la cabeza hacia mí. Sus ojos claros brillaban con esa inteligencia felina que siempre la ha caracterizado.
—Pensaba en que los hombres de este pueblo de plástico creen que son pecadores porque evaden impuestos o engañan a sus esposas —dije con la voz grave, alcanzando la nuca de Elena para traerla hacia mí y darle un beso corto en la frente—. No tienen idea de lo que es un verdadero pecado. No saben lo que cuesta renunciar a Dios por una mujer y no arrepentirse ni un solo segundo en quince años.
Elena sonrió, una sonrisa lenta y tentadora que encendía en mí el mismo fuego primario de cuando ella tenía veintiún años y entraba al templo a desafiarme con la mirada.
Subimos en el ascensor privado directamente a nuestro penthouse. Al abrirse las puertas, la calidez de nuestro hogar nos recibió. La niñera salió a saludarnos en voz baja para informarnos que Lucas ya estaba profundamente dormido. Le pagué, la despedí y me dirigí sin hacer ruido hacia la habitación de mi hijo.
Me detuve en el marco de la puerta. La luz tenue de la veladora iluminaba el rostro de Lucas. Tenía apenas cuatro años, pero ya se le notaba la compostura firme. Ver a mi hijo dormido siempre provocaba un cortocircuito en mi mente: la mezcla entre el hombre dominante e implacable que era con el mundo y el padre ferozmente protector en el que me había convertido. Cuando tomé la decisión de dejar el sacerdocio y sumergirme en el imperio inmobiliario de mi familia, muchos pensaron que perdería el rumbo. Pero mi único norte siempre fue este: darle a Elena y a mi sangre una vida donde nadie pudiera juzgarlos, señalar los ni exigirles cuentas.
Sentí los pasos descalzos de Elena acercándose por detrás. Se pegó a mi espalda y rodeó mi cintura con sus brazos.
—Es idéntico a ti cuando duerme —susurró contra mi hombro.
—Es mejor que yo —respondí en un murmullo, sujetando sus manos sobre mi abdomen—. Él nació en libertad. Nosotros tuvimos que sangrar para conseguirla.
Cerré la puerta de Lucas con cuidado y tomé a Elena de la mano, guiándola hacia nuestra suite principal. Una vez dentro, desabroché el botón de mi saco y lo arrojé sobre el sillón de piel, seguido de mi corbata. Me desabroché los primeros botones de la camisa mientras la observaba descalzarse y soltarse el cabello.
A sus treinta y seis años, Elena no solo no había perdido un ápice de su atractivo, sino que había adquirido una sensualidad madura, elegante y peligrosa. Había dejado atrás a la chica sumisa de San Judas para convertirse en una mujer respetada en el mundo corporativo, mi igual en los negocios y mi dueña absoluta en la cama.
—Esta noche en la oficina te noté distante cuando mencionaron la nueva adquisición en el norte —comentó ella, acercándose a la peinadora para quitarse los pendientes de diamantes.
—El representante del grupo vendedor mencionó que venía de una familia conservadora del interior, de un pueblo cerca del condado donde estaba San Judas —dije, caminando hacia ella hasta quedar justo a su espalda—. Dijo que la moral y la fe eran la base de sus negocios.
Elena se congeló un segundo frente al espejo, mirándome a través del reflejo.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que la fe no paga las hipotecas y que la moral es el refugio de los débiles que no tienen el valor de tomar lo que desean —respondí con una sonrisa oscura. Apoyé las manos en sus hombros desnudos y me incliné para besar el cuello que tantos años atrás me volvió loco—. Le dije que si quería hacer negocios conmigo, hablara de números y no de santos.
Elena soltó una risa suave y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en mi pecho.
—Sigues siendo un demonio, Damián.
—Solo para el resto del mundo, Elena —murmuré, girándola para que me mirara de frente. La tomé por la cintura con la firmeza de siempre, pegando su cadera a la mía—. Para ti sigo siendo el mismo hombre que quemaría el cielo y el infierno con tal de escucharte gemir mi nombre.
La cargué sin darle tiempo a responder, haciéndola soltar una exclamación ahogada mientras sus piernas se enredaban automáticamente en mi cintura. La llevé hasta la enorme cama king size y la deposité sobre las sábanas de hilo egipcio, colocándome inmediatamente entre sus piernas.
Durante los años en la iglesia, la castidad fue una cadena que me carcomía las entrañas. Pero la verdadera penitencia no era el celibato, era la lejanía de ella. Ahora, cada vez que la poseía, cada vez que mis manos recorrían su piel suave y sus labios buscaban los míos con la misma hambre salvaje del primer día, me reafirmaba en mi única fe: Elena era mi altar, mi religión y mi único templo.
—Dime de quién eres —le ordené contra sus labios, apretando sus caderas contra las mías mientras la seda de su ropa caía al suelo.
—Tuya —respondió sin dudar, con la voz entrecortada por la respiración agitada y los ojos fijos en los míos—. Siempre tuya, Damián. En esta vida y en la que sigue.
Sonreí, satisfecho. Besé su boca con una ferocidad que los años no habían logrado apaciguar. San Judas había quedado atrás, enterrado en el olvido junto a los viejos prejuicios y los secretos de confesar. Los Ángeles no tenía santos, pero nosotros no los necesitábamos. Habíamos construido nuestro propio imperio sobre las ruinas del pasado, y no había ningún Dios, ningún pueblo ni ningún fantasma que pudiera quitarnos lo que era nuestro.







