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Capítulo 17: La Noche del Juicio

NARRADOR OMNISCIENTE 

El aire del domingo por la noche se había tornado denso, cargado con el presagio de una tormenta que se negaba a estallar sobre San Judas. Era la última medianoche antes del relevo oficial, las últimas horas de Damián como párroco suplente antes de que el misticismo rancio del anciano titular volviera a reclamar el templo. 

En el ambiente del pueblo no quedaba rastro de paz; la plaza central estaba desierta, pero las luces de las casas circundantes permanecían encendidas como ojos vigilantes. El escándalo de la ruptura de Elena con el ingeniero Carlos había encendido las alarmas definitivas, y el consejo parroquial, liderado por la implacable fijeza de la señora Marta, estaba listo para ejecutar su sentencia.

Arriba, en el coro de la iglesia, el tiempo parecía haberse detenido en una dimensión de pura demencia carnal. Una única lámpara de aceite, colocada sobre el suelo de madera, proyectaba sombras gigantescas y distorsionadas contra los tubos de metal del gran órgano. Elena estaba arrodillada sobre un banco largo, con el cuerpo inclinado hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la madera tallada. 

Su vestido de seda blanca estaba completamente abierto, despojado de los hombros, colgando de su cintura como un jirón de inocencia perdida. Debajo no había nada más que su piel blanquísima, brillante por una capa de sudor espeso, y las marcas oscuras de los mordiscos que Damián le había dejado en los costados como sellos de propiedad.

Detrás de ella, alzándose con pura rigidez, el Padre Damián la dominaba con una furia posesiva que ya no conocía el freno de los hábitos. La sotana negra yacía tirada en el suelo, pisoteada entre las partituras litúrgicas que habían rodado por las maderas del coro. 

Vestía únicamente su camisa gris, completamente desabotonada, exponiendo su pecho musculoso y velludo que impactaba de forma rítmica contra la espalda de la joven con cada embestida. Su hombría, enorme, gruesa y cargada de venas marcadas por el bombeo salvaje de su sangre, entraba y salía de la intimidad de Elena en un vaivén explícito, rápido y rico.

El compás de la penetración era despiadado. El sonido húmedo de la fricción de sus cuerpos chocando se mezclaba con el eco metálico del ventilador lejano y los quejidos contenidos que la organista soltaba contra la madera del banco. 

Damián no tenía piedad; la cuenta atrás lo devoraba por dentro, y la certeza de que esa era su última noche en San Judas transformaba el acto en una demolición absoluta de sus votos. La sujetaba de las caderas con sus manos grandes y venosas, clavándole los dedos en la carne con una fuerza que la obligaba a arquear la espalda y a ofrecerse por completo a su castigo.

—No te vas a olvidar de esto, Elena... —gruñó Damián con su barítono rudo, pegando su boca sudorosa a la oreja de la joven, mordiéndole el lóbulo con brusquedad—. Aunque vuelva el viejo, aunque este pueblo te vigile, cada vez que te sientes en este banco vas a sentir mi grosor quemándote por dentro. Eres mía.

Elena no podía articular palabras coherentes. Sus ojos avellana estaban nublados por las lágrimas del placer extremo, fijos en el teclado del órgano que tantas veces había tocado bajo el dictado de la fachada. 

Sus manos se aferraban al borde tallado del banco con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. Cada golpe de las caderas del sacerdote la empujaba hacia adelante, estirándola al límite de su capacidad, invadiéndola con una brusquedad que la hacía perder el sentido de la realidad.

De repente, un crujido violento rompió la atmósfera de profanación.

Abajo, las pesadas puertas principales de la iglesia se abrieron de par en par. El sonido de múltiples pasos pesados y el eco de voces contenidas rebotaron de inmediato en las naves laterales del templo, ascendiendo por los techos altos directo hacia el coro.

—Les dije que la luz del coro estaba encendida —la voz de la señora Marta, afilada y gélida como una navaja, resonó en la penumbra del templo con una claridad espantosa—. Traigan las linternas. El sacristán dice que la ventana del huerto estaba abierta. Esta noche vamos a limpiar la casa de Dios de una vez por todas.

El peligro era total, inmediato y devastador. Un grupo de feligresas y miembros del consejo parroquial avanzaba por el pasillo central, y el sonido de sus botas acercándose a la base de la escalera de caracol del coro indicaba que el tiempo para escapar se reducía a segundos. Si subían y los encontraban en esa posición, la humillación pública y la destrucción de sus vidas sería irrevocable.

En lugar de detenerse por el pánico, el anuncio del juicio inminente desató una ola de pura demencia animal en el cerebro de Damián. La fijeza de su obsesión desafió al peligro. En un acto de posesión extrema y absoluta, el sacerdote no se retiró; al contrario, hundió sus dedos con más violencia en las caderas de Elena, fijándola contra el banco de madera, y aceleró el ritmo de las embestidas con una velocidad demoledora y salvaje.

—D-Damián... están subiendo... —alcanzó a jadear Elena en un hilo de voz, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado, presa de un pánico que multiplicó la sensibilidad de su carne por mil.

—Cállate y gózalo —dictó él con una rigidez militar en la mandíbula, con los ojos negros inyectados en sangre—. Si nos van a linchar, que nos linchen con tu cuerpo lleno de mí.

El ritmo se volvió frenético, explícito, un vaivén sucio y desesperado al borde del abismo. Damián la follaba duro, hundiéndose hasta la raíz una y otra vez, buscando la provocación máxima del entorno. Los pasos de la señora Marta y los hombres del pueblo ya se escuchaban en los primeros peldaños de la escalera de madera del coro, haciendo vibrar la estructura. El eco de las linternas comenzaba a proyectar haces de luz blanca en las paredes superiores.

La acumulación de terror puro, adrenalina y la presión brutal de la virilidad de Damián destrozaron la última barrera mental de Elena. Sus manos se llevaron a la boca de forma desesperada, hundiéndose los dedos en los labios para no soltar el alarido que le desgarraba la garganta. La tensión en su vientre estalló como una bomba; su interior se contrajo en espasmos violentos, salvajes y repetidos, un orgasmo devastador que le puso los ojos en blanco y le congeló los músculos de las piernas sobre el banco.

Al sentir el vacío de su clímax y escuchar el murmullo de las voces a mitad de la escalera, Damián perdió el último rastro de control. Dio tres golpes brutales, profundos, que hicieron crujir la madera del órgano, y con un gruñido rudo que vibró en todo el coro, se corrió profundamente dentro de ella, derramando su simiente cálida en una descarga larga, densa y posesiva que la llenó por completo.

El clímax simultáneo los dejó temblando en mitad de la penumbra, pero la realidad los golpeó de inmediato. Los pasos estaban a menos de diez escalones de distancia. Con una velocidad febril y la frialdad de quien se sabe acorralado, Damián se separó de ella, recogió su sotana del suelo y se la puso de un solo tirón, abrochando los botones principales a contrarreloj mientras sus manos venosas temblaban por el esfuerzo. 

Elena, con las piernas desmadejadas y el rastro húmedo de su sumisión chorreando por sus muslos, se subió el vestido de seda blanca, abotonándolo de prisa con dedos rígidos por el miedo, justo cuando la sombra de la señora Marta asomaba por el último descanso de la escalera.

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