Mundo ficciónIniciar sesiónPov Damián
El letrero de madera carcomida por la humedad le dio la bienvenida a la camioneta como un aviso de advertencia: Bienvenidos a San Judas. El aire en este valle no había cambiado nada en quince años; seguía oliendo a pino húmedo, a tierra fría y a esa rancia sensación de santidad fingida que se pega a los pulmones.
Apreté el volante de cuero con la fuerza suficiente para blanquear los nudillos. A mi lado, Elena mantenía la mirada fija en las casas de piedra y adobe que comenzaban a aparecer a los lados del camino. Estaba pálida, con la mandíbula tensa y una lágrima seca marcada en la mejilla. En el asiento trasero, Lucas dormía profundamente, ajeno por completo a que el suelo que pisábamos era el mismo donde la moral de este pueblo pretendió enterrar a sus padres.
Estacioné el vehículo frente a la pequeña casa de madera de la tía Beatriz. En el porche, la luz de unas cuantas velas parpadeaba contra el viento de la tarde. El ataúd de madera sencilla descansaba en la sala principal, visible desde la ventana abierta. Alrededor, un grupo de ancianas vestidas de negro y un par de vecinos leían el rosario con voces monótonas y apagadas.
Nuestra llegada no pasó desapercibida. Un vehículo blindado de último modelo, teñido de un negro absoluto y con cristales oscuros, era una visión alienígena para San Judas.
Apagué el motor. El silencio dentro del habitáculo fue denso, pesado.
—¿Estás lista, Elena? —pregunté con la voz baja, mirando a mi esposa.
Ella respiró hondo, cuadró los hombros con esa elegancia aristocrática que había aprendido en Los Ángeles y me miró a los ojos. En su mirada ya no había miedo, solo un dolor inmenso por la pérdida de su tía y una dignidad que este pueblo jamás lograría arrebatarle.
—Nací aquí, Damián. Pero ya no les pertenezco —respondió con firmeza—. Vamos a despedir a la tía Beatriz.
Bajé del auto primero. El sonido de mis botas contra la grava suelta hizo que un par de hombres que conversaban en la acera se giraran. Rodé el vehículo, abrí la puerta de Elena y le ofrecí la mano. Ella la tomó con fuerza, apoyándose en mí mientras descendía. A continuación, abrí la puerta trasera, cargué a Lucas en mis brazos —quien comenzaba a despertarse restregándose los ojos— y caminamos con paso lento pero implacable hacia la entrada de la casa.
Los murmullos comenzaron en el instante exacto en que la luz del porche iluminó mi rostro.
—¿Elena? —susurró una mujer madura desde la entrada, ahogando un grito con la mano sobre la boca—. ¡Dios mío, es Elena!
Las cabezas dentro de la sala se giraron de golpe. El rezo del rosario se cortó seco, como si alguien hubiera degollado a la oradora en mitad de un avemaría. Los ojos del pueblo se fijaron en la mujer de vestuario impecable, con abrigo de lana fina y postura de reina que acababa de cruzar el umbral. Pero el verdadero impacto, el golpe eléctrico que hizo que varios ancianos se pusieran de pie tambaleándose, ocurrió cuando sus miradas subieron hacia el hombre que caminaba a su lado.
Casi un metro noventa de estatura. Barba corta y perfilada, traje italiano de tres piezas ajustado a un cuerpo imponente, la mirada fría y calculadora de un depredador que los observaba desde las alturas.
No necesitaban ver la sotana para reconocer la estructura de mis facciones. No necesitaban la tela negra para recordar al hombre que durante tres años les ofreció el cuerpo de Cristo desde el altar antes de huir en la noche con la chica más joven del pueblo.
—El... el padre Damián —se oyó un murmullo horrorizado al fondo del pasillo.
—¡Es él! ¡Por la Santísima Virgen, es el sacerdote!
—¿Volvió con ella? ¡Miren a ese niño!
Los susurros corrieron por la habitación como una plaga de langostas. Caras arrugadas por la devoción hipócrita se deformaron con expresiones de asco, morbo y fascinación. La blasfemia viviente había regresado a San Judas, vestida de seda, oro y poder.
Ignoré los murmullos como si fueran el zumbido de simples moscas. Mantuve mi brazo firme alrededor de la cintura de Elena mientras nos acercábamos al féretro. Elena se inclinó sobre el cajón de madera donde descansaba el rostro pálido y sereno de la tía Beatriz. Las lágrimas de mi esposa comenzaron a caer en silencio, golpeando la madera dura.
—Gracias por todo, tía... —murmuró Elena con la voz rota por el llanto, acariciando la mano helada de la anciana—. Lamento no haber estado aquí... lamento haberte dejado sola con ellos.
Yo permanecí a su lado, velando su dolor con la presencia de un guardián. Lucas, en mis brazos, observaba el entorno con curiosidad infantil, ajeno a los buitres que nos rodeaban.
Entre la multitud, una figura se abrió paso a empujones. Era doña Marta. La misma mujer que horas antes había llamado a Elena con voz temblorosa y compasiva. Pero ahora, frente a los ojos acusadores del pueblo y alimentada por la masa moralista, su rostro no mostraba compasión alguna. Mostrabas la mezquindad pura de San Judas.
Doña Marta se detuvo a tres pasos de nosotros. Miró la mano de Damián sobre la cintura de Elena, miró al niño en mis brazos y finalmente clavó sus ojos llenos de veneno en el rostro empapado en lágrimas de mi esposa.
—Tienes mucho descaro, Elena —dijo doña Marta en voz alta, interrumpiendo el luto con un tono áspero que resonó por toda la casa—. Tener el atrevimiento de poner un pie en esta casa... traer a este hombre en estas tierras sagradas.
Elena se congeló. Lenta, dignamente, se limpió las lágrimas con un pañuelo de encaje y se giró hacia la mujer.
—Vine a despedir a mi tía, doña Marta, no quiero discutir. La única mujer que tuvo corazón en esta comunidad —respondió Elena con la voz temblorosa pero firme.
—¡Tu tía murió de pena por tus errores! —escupió la anciana, dando un paso al frente y señalándola con un dedo deformado por la artritis—. ¡Se fue a la tumba sola por la vergüenza que le dejaste! Mientras tú te te dabas la gran vida en la ciudad, vendiendo tu alma al diablo y viviendo en pecado con... ¡con un cura renegado!
Un murmullo de aprobación colectiva recorrió la sala. Varias mujeres se persignaron compulsivamente.
—¡Mírenlos! —continuó doña Marta, levantando la voz como si estuviera dando un sermón en el templo—. Vienen aquí a refregarnos su cochinada, a pisotear el funeral de una santa mujer con su hijo bastardo y sus trajes caros. ¿Creen que el dinero limpia el pecado? ¡Apestan a azufre! ¡Tú, Elena, no eres más que la ramera que corrompió al párroco, y él un traidor a la iglesia que arderá en el infierno!
El ambiente en la habitación se volvió sofocante. Las palabras volaban como piedras invisibles contra Elena, cuya respiración comenzó a volverse agitada. El dolor por la muerte de su tía se mezclaba con el veneno de la humillación que este pueblo siempre quiso infligirle.
Darle a Lucas a Elena fue un movimiento instintivo.
Le entregué a mi hijo a mi esposa, quien lo apretó contra su pecho protegiéndolo. Luego, me erguí cuan largo era.
Di un paso al frente. Un solo paso. El aura de autoridad que había perfeccionado durante quince años en las salas de juntas más feroces de la costa oeste se desplegó sobre la pequeña habitación como una sombra pesada. Mi presencia física eclipsó la luz de las velas sobre doña Marta, obligando a la vieja a dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—Mídase las palabras, mujer —dije. Mi voz no fue un grito; fue un rugido bajo, profundo y cargado de una violencia contenida que congeló la sangre de todos los presentes.
—¡A mí no me vas a mandar a callar, expadre! —intentó gritar doña Marta, aunque la voz se le quebró levemente al sostener mi mirada—. ¡Aquí estamos en la casa de Dios!
—Esta no es la casa de Dios. Es la casa de una mujer muerta a la que ustedes dejaron morir sola mientras planeaban cómo repartirse sus tierras —sentencié, mirando a cada uno de los ancianos que se encontraban en la sala. Sus miradas cayeron al suelo, incapaces de sostener el peso de la mía—. Escúchenme bien, todos ustedes.
Caminé lentamente hacia el centro de la sala, colocándome entre el pueblo y mi familia.
—Hace quince años me fui de este pueblo porque entendí que la religión que ustedes profesan no es más que una tapadera para su propia miseria y cobardía. Juzgan a Elena porque tuvo el valor de ser libre. Me juzgan a mí porque preferí ser un hombre de verdad antes que un hipócrita vestido de negro.
—¡Blasfemo! —musitó un hombre al fondo.
—¡Cállese! —ordené, girándome hacia él con una ferocidad que lo hizo dar un brinco—. No me hablen de pecado cuando sé los secretos de cada uno de los que están en esta habitación. ¿Se les olvida quién escuchaba sus miserias en el confesionario? ¿Quieren que empiece a dar nombres? ¿Quieres que le cuente a la junta lo que tu marido me confesó entre lágrimas hace quince años, doña Marta?
La anciana se puso lívida. El color se le fue del rostro de golpe y abrió la boca sin que saliera un solo sonido. El silencio en la habitación se volvió absoluto, aterrorizado.
—Eso pensaba —dije con un desprecio infinito—. Se alimentan de la culpa porque no tienen nada más en sus vidas vacías. Pero mi esposa y mi hijo no van a ser el chivo expiatorio de su estupidez.
Me acerqué a Elena, pasé mi brazo por sus hombros y la pegué a mi costado. Elena levantó la cabeza, mirando a doña Marta y a los vecinos con la frente en alto. La fragilidad del llanto había desaparecido de su rostro, reemplazada por la frialdad implacable que compartía conmigo.
—El velatorio terminó —anuncié, mirando al grupo de buitres que nos rodeaba—. Salgan de esta casa. Ahora mismo.
—No puedes echarnos... somos los vecinos de Beatriz —susurró un anciano.
—Esta casa le pertenece por ley a Elena —dije, sacando una pluma de oro y un cheque de mi saco con parsimonia—. Y mañana en la mañana, la empresa de bienes raíces más grande de la costa comprará cada metro cuadrado de esta propiedad, la remodelará y la convertirá en un santuario a nombre de Beatriz. Si alguno de ustedes pone un pie aquí sin invitación, mis abogados se encargarán de que pasen el resto de sus miserables días en la cárcel. Salgan.
Nadie se atrevió a protestar. Uno a uno, desfilando como sombras derrotadas, los habitantes de San Judas comenzaron a salir por la puerta principal, lanzándonos miradas de odio aplacado por el miedo. Doña Marta fue la última en salir, tropezando con sus propios pies mientras avanzaba hacia la noche.
Cuando la puerta se cerró tras el último de ellos, el silencio regresó a la casa. Un silencio limpio, liberado de la masa podrida de la falsa fe.
Elena suspiró profundamente, dejando caer la cabeza sobre mi hombro mientras mecía a Lucas.
—Gracias... —murmuró con la voz suave.
—Te dije que nadie volvería a hacerte daño en este lugar —respondi, besando su sien mientras sostenía a mi familia entre los brazos—. Mañana enterramos a tu tía con los honores que merece, y luego cerraremos las puertas de este pueblo para siempre.
Miré hacia el féretro de la tía Beatriz. En la penumbra de la sala, supe que habíamos ganado la última batalla contra nuestro pasado. San Judas nos había juzgado, pero nosotros nos habíamos erigido como sus dueños. Y nada ni nadie volvería a poner en duda la vida que habíamos construido sobre la libertad de nuestro pecado.







