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Capítulo 20: La Nueva Penitencia

POV ELENA 

El rugido de la gran ciudad no se parecía en nada al silencio opresivo de San Judas. Aquí, a medianoche, las luces de neón parpadeaban contra el asfalto mojado por la lluvia y el eco del tráfico creaba un zumbido constante, ajeno y ensordecedor. Nadie me miraba. 

Al bajar del autobús que me había alejado para siempre de la plaza, de las partituras del órgano y de la sombra de la señora Marta, experimenté por primera vez el peso de la invisibilidad. Ya no era la organista huérfana; era simplemente una mujer caminando hacia su destino con un sobre de papel kraft apretado contra el pecho.

El edificio de departamentos era una estructura moderna de concreto y vidrio, un monolito gris que se alzaba hacia el cielo nocturno. Subí por el ascensor en silencio, observando mi reflejo en el espejo de la cabina. 

Llevaba un vestido negro que jamás me habría atrevido a usar en el pueblo; el escote dejaba al descubierto la palidez de mi cuello y la seda se ceñía a mis caderas con una fluidez peligrosa. El moño estricto había desaparecido; mi cabello castaño chocolate caía libre por mi espalda, ondulado y salvaje.

Al llegar al piso doce, mis pies descalzos sobre los tacones me guiaron hasta la puerta marcada con el número que Damián había escrito. Saqué la llave reluciente del sobre. Las manos me temblaban, pero no por el miedo inquisitorial que me atenazaba en la iglesia, sino por una urgencia biológica, enferma y desesperada, que me hacía pulsar entre las piernas con cada segundo de retraso.

Introduje la llave, giré el pomo y empujé la hoja de madera.

El interior del departamento estaba sumido en una penumbra absoluta, rota únicamente por los destellos de los rascacielos que entraban a través de un enorme ventanal de piso a techo. El olor a pintura fresca se mezclaba con algo densamente familiar: el aroma limpio, masculino y abrumador de su piel.

Cerré la puerta a mis espaldas y el pestillo encajó con un golpe seco. En mitad de la sala, dándome la espalda mientras observaba el abismo de luces de la ciudad, se erguía su silueta masiva de casi un metro noventa. Ya no vestía la sotana negra ni el cuello clerical. 

Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa de seda negra que remarcaba la anchura de sus hombros y la musculatura perfecta de su espalda. El cambio de facha no disminuía su poder; al contrario, despojado de los hábitos, Damián se veía aún más imponente, más peligroso, más dueño de su propia demencia carnal.

—Llegas tarde, Elena —su voz de barítono rudo vibró en el espacio cerrado, una nota grave que me hizo dar un respingo y humedecer el centro de mi intimidad al instante.

—El autobús se retrasó en la carretera —respondí, dejando caer mi bolso al suelo, dando dos pasos firmes hacia él—. Pero cumplí y ya no voy a volver.

Damián se giró despacio. Sus ojos negros, afilados y cargados con la fijeza de la obsesión que nos había arrastrado al sacrilegio, me recorrieron de arriba abajo. Al notar el vestido negro, el cabello suelto y la audacia con la que sostenía su mirada en esta nueva libertad, una chispa de pura posesión animal cruzó sus facciones.

—Mírate... —susurró, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos, implacables, hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro. Su sombra masiva me cubrió por completo—. Ya no pareces la santa del coro. La corrupción te sienta tan bien, mi pequeña pecadora.

—Usted me esculpió así —le recordé, clavando mis uñas en sus antebrazos fuertes, sintiendo la dureza de su musculatura bajo la seda—. Pasé dos semanas muriéndome de sed en ese banco de madera. Demuéstreme que me extraño.

Un gruñido rudo y sordo escapó de su pecho. La provocación terminó por demoler el último dique de su contención. Damián me tomó por la nuca con su mano grande, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, y capturó mis labios en un beso salvaje, explícito y destructivo que nos dejó a ambos sin aliento. 

Su lengua invadió mi boca con una brusquedad, reclamándome, saboreando la desesperación de mi entrega mientras sus manos fuertes bajaban por mi espalda, buscando la cremallera de mi vestido.

El deseo nos devoró en segundos en mitad de la sala. El vestido negro cayó a nuestros pies con un roce suave, seguido por su camisa y sus pantalones, hasta que quedamos completamente desnudos frente al ventanal de vidrio, con la ciudad entera como testigo mudo de nuestro deseo. Su cuerpo bronceado y cubierto de vello oscuro se presionó contra mi piel blanca, y el contacto me hizo soltar un quejido agudo de pura plenitud.

Damián me tomó por las caderas con una fuerza física que me dejó los dedos marcados y me empujó de espaldas contra el gran ventanal de la sala.

El contacto del vidrio frío de la ventana contra mis glúteos y mi espalda me hizo jadear, un contraste violento con el calor sofocante que desprendía su anatomía erecta, que ya rozaba mi entrada empapada.

—Esta es tu nueva parroquia, Elena —gruñó él contra mi oído, dándome un mordisco áspero en el hombro que me hizo arquear la espalda—. Aquí no hay señoras que nos vigilen, ni sacristanes chismosos. Aquí no tienes que esconder tus gritos. Quiero escucharte gritar de placer nena.

Me sujetó un muslo firme, elevándolo hacia su cadera alta, abriéndome de par en par en una postura obscena y explícita frente a las luces de la ciudad. Su hombría, enorme, gruesa y pulsante, se posicionó y se hundió en mí de una sola embestida brutal, profunda y directa que me estiró hasta la raíz.

Un alarido de puro placer, salvaje y largamente retenido, escapó de mi garganta, rebotando en el vidrio del ventanal y en las paredes modernas del departamento. No tuve que taparme la boca; no tuve que contenerme. La liberación de poder gritar su nombre mientras él me follaba con una rudeza posesiva me llevó al límite de la cordura en segundos.

El ritmo que impuso Damián fue frenético, rápido y rico, un vaivén rítmico que hacía vibrar el gran ventanal con cada impacto seco de sus caderas contra mis glúteos. Me follaba duro, con la precisión de quien sabe que ha recuperado su monopolio absoluto. Sus manos grandes me apretaban el busto, marcando mis pezones rígidos con sus dedos fuertes, mientras su boca devoraba mi cuello con besos toscos y hambrientos.

Enredé mi otra pierna alrededor de su cintura, elevando mi pelvis por completo para recibir toda su longitud, entregada a la fuerza de sus embestidas que me golpeaban por dentro de una manera explícita y demoledora. El sonido húmedo de nuestros fluidos mezclándose y el compás denso de nuestras respiraciones llenaban la habitación, sellando nuestra verdadera liturgia en el piso doce.

La tensión en mi vientre se acumuló con una violencia salvaje; sentía que el clímax me iba a destruir los músculos de las piernas. Mis ojos se pusieron en blanco por el exceso de placer.

—¡Damián... no puedo más! —gimé descontrolada, clavando las uñas en su espalda musculosa, arañando su piel.

—¡Grita, maldita sea, grita que eres mía! —rugió él, acelerando las embestidas con una fuerza devastadora, hundiéndose en mí de forma salvaje.

El orgasmo me golpeó de frente, un rayo de placer violento que me sacudió el cuerpo en oleadas espasmódicas y repetidas, provocando que mi interior se contrajera con una fuerza salvaje alrededor de su miembro. 

Al sentir la entrega total de mi clímax, Damián soltó un rugido animal, dándome los últimos golpes brutales que me hicieron golpear el vidrio por última vez y se corrió profundamente dentro de mí, derramando su rico semen cálido en una descarga larga, densa y posesiva que nos dejó temblando.

Nos quedamos abrazados en mitad de la penumbra del departamento, jadeando con los cuerpos sudorosos y pegados, observando el mar de luces de la ciudad a nuestros pies. 

San Judas y su hipocresía habían quedado atrás, sepultados en el olvido. Yo ya no era la santa de altar, y Damián ya no era el esclavo de sus votos; éramos dos pecadores dueños de su propio infierno, listos para comenzar, bajo nuestras propias reglas, una nueva e interminable penitencia de placer.

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