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Capítulo Especial 5: Tierra Prometida

Pov Elena

El cielo sobre el cementerio de San Judas amaneció cubierto por una capa densa de niebla gris. El frío de la montaña se me colaba por los huesos, pero no sentía frío; el calor de la mano de Damián, sujetando la mía con una fuerza inquebrantable, era mi único refugio.

El coche fúnebre que contratamos desde la ciudad vecina acababa de colocar el ataúd de la tía Beatriz sobre el foso de tierra fresca. A nuestro alrededor no había multitudes, ni cánticos de la iglesia local, ni las caras falsas de los vecinos que la noche anterior nos escupían veneno. Solo estábamos nosotros tres: Damián, nuestro hijo Lucas y yo. Había ordenado que el sepelio fuera completamente privado, pagando a los sepultureros para que nos dejaran a solas en el momento final.

Me acerqué al borde de la tumba, sosteniendo una sola rosa blanca entre las manos. Lucas observaba en silencio desde los brazos de su padre, sintiendo el peso del momento.

—Gracias por haberme querido cuando nadie más lo hacía, tía —murmuré con la voz rota por el llanto, pero con el corazón lleno de paz—. Gracias por ser la luz que me dio el valor para salvarme. Tu recuerdo se va con nosotros a Los Ángeles, lejos de esta tierra que nunca supo valorarte.

Lancé la rosa sobre la madera del cajón. El impacto suave resonó en la fosa. Damián se acercó a mi lado, pasó su brazo rodeándome los hombros y me pegó a su pecho mientras la primera palada de tierra comenzaba a cubrir el ataúd.

Me apoyé en él, dejando que mis lágrimas fluyeran libremente. Ya no eran lágrimas de dolor o de humillación como las que derramé quince años atrás cuando huyendo en la oscuridad creí que el mundo se acababa. Eran lágrimas de liberación. Con cada puñado de tierra que caía, un pedazo de mi pasado se enterraba para siempre en este pueblo.

—Está en paz, mi amor —susurró Damián en mi oído, con esa voz grave que siempre lograba calmar cualquier tormenta en mi interior—. Cumpliste con ella. Ahora es momento de regresar a casa.

Giré la cabeza para mirar a mi esposo. La niebla del cementerio enmarcaba su rostro maduro y endurecido, pero la mirada con la que me observaba seguía siendo de una devoción pura y absoluta.

Caminamos despacio de regreso a la camioneta. Al salir del cementerio, nos detuvimos un segundo en el mirador que dominaba todo el valle de San Judas. Desde allí se veía la pequeña iglesia de piedra con su campanario, las calles empedradas y las casas viejas apelotonadas entre los cerros. Todo se veía pequeño, insignificante, atrapado en el tiempo y en sus propias miserias.

Damián bajó a Lucas al suelo para que jugara un momento cerca del auto. Él se colocó detrás de mí, rodeando mi cintura con sus brazos poderosos mientras me pegaba a su cuerpo caliente.

—Parece mentira —dije en un murmullo, apoyando la cabeza en su hombro mientras contemplábamos el pueblo por última vez—. Pensar que en este lugar olvidado por Dios, entre las paredes frías de esa iglesia y el peso de las culpas de todos ellos, nos encontramos tú y yo.

Damián soltó una risa baja, un sonido vibrante que me llenó el pecho.

—No fue suerte, Elena. Fue el destino burlándose de las reglas de este pueblo. Colocó al hombre más hambriento en el lugar más sagrado y a la mujer más pura en medio de la perdición.

—Éramos tan jóvenes... —sonreí, recordando con nostalgia—. Yo tenía tanto miedo de ir al infierno por desearte, y tú tenías tanto miedo de romper tus votos. Y mírarnos ahora.

Me giré entre sus brazos para mirarlo de frente, tomando su rostro entre mis manos. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad ardiente.

—Somos terriblemente afortunados, Damián —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. En medio de la nada, en este pueblo miserable, encontramos un amor que la gente busca durante toda una vida y nunca llega a conocer. Un amor que sobrevivió a los escándalos, a la culpa, al juicio de la iglesia y al tiempo.

—Te lo dije hace quince años y te lo repito hoy —respondió Damián, sujetando mis muñecas con firmeza y trayéndome hacia él hasta que no quedó espacio entre los dos—. Tú eres mi única religión, Elena. No hay nada en este mundo ni en el otro que me haga arrepentirme de haber quemado mi vida anterior por ti.

—Prométeme algo, Damián —pedí, sintiendo cómo el corazón me latía con violencia en el pecho.

—Lo que me pidas.

—Prométeme que nunca más vamos a mirar atrás —dije, sintiendo el calor de su respiración contra mis labios—. Prométeme que este capítulo se cierra hoy aquí en esta montaña. San Judas se queda con sus muertos y sus prejuicios. Nosotros nos quedamos con nuestro imperio, con nuestro hijo y con esta pasión que no se apaga.

Damián me miró con una devoción feroz, una promesa implícita grabada en cada rasgo de su cara.

—Te lo prometo por mi vida —sentenció con voz rotunda—. San Judas muere hoy para nosotros. De aquí en adelante, solo existimos tú, yo y el futuro que construimos.

Nos sellamos esa promesa con un beso profundo, lento e intenso, un beso que sabía a victoria, a redención y a una libertad absoluta que nadie en ese pueblo podría entender jamás. Sus labios me reclamaron con la misma hambre posesiva del primer día, haciéndome temblar entre sus brazos bajo el cielo gris del valle.

Cuando nos separamos, tomé a Lucas de la mano y me subí al asiento del copiloto. Damián subió al lado del conductor, encendió el motor V8 y el rugido del vehículo rompió el silencio de la montaña.

Puse la mano sobre la palanca de cambios y Damián entrelazó sus dedos con los míos sin dudarlo. Aceleró, y la camioneta avanzó por la carretera dejando atrás el letrero de San Judas, perdiéndose en la neblina mientras avanzábamos hacia la autopista que nos llevaría de vuelta a las luces, al lujo y a la libertad de Los Ángeles.

Miré por el espejo retrovisor una última vez. El pueblo desapareció entre los árboles. Ya no había sombras, ni miedos, ni secretos. Habíamos entrado a ese infierno como pecadores asustados, pero salíamos de él como los verdaderos dueños de nuestro destino.

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