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Capítulo Especial 3: La Llamada del Pasado

Pov Elena

La mañana en Los Ángeles se anunciaba brillante y tranquila. Estaba en la isla de la cocina sirviendo un vaso de jugo para Lucas, mientras escuchaba el murmullo de la televisión de fondo y el sonido suave del periódico que Damián pasaba en la mesa. Era una rutina doméstica pacífica, el tipo de paz que nos costó años conquistar y que valoraba con cada fibra de mi ser.

Entonces, el teléfono sonó.

No era el tono de la línea corporativa ni la alarma del sistema de seguridad. Era mi teléfono personal, un número que muy pocas personas tenían. Al mirar la pantalla, vi un prefijo desconocido, pero el código de área me hizo congelar la mano a milímetros del cristal.

Era el código del condado de San Judas.

Damián levantó la vista del periódico al instante. Su mirada se volvió afilada, intuyendo la alteración en mi energía antes de que yo dijera una sola palabra.

Con los dedos temblorosos, deslicé la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.

—¿Bueno? —mi voz salió más débil de lo que me habría gustado.

—¿Elena? ¿Elena? —preguntó una voz femenina, mayor, ahogada por la estática y por una timidez antigua.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Habla doña Marta... la vecina de tu tía Beatriz.

El nombre de mi tía resonó en mi pecho como un golpe seco. La tía Beatriz. La única persona de mi sangre que no me dio la espalda cuando el pueblo entero me apedreó con chismes y condenas morales. Ella era la hermana menor de mi madre, una mujer silenciosa y piadosa que vivía en las afueras del pueblo. Cuando todo el escándalo explotó con Damián, Beatriz no me juzgó; me abrazó en secreto, me dio un puñado de billetes ahorrados y me dijo que huyera para salvar mi vida y mi felicidad. Nunca volvimos a vernos por mi propia seguridad, pero nos enviábamos cartas anónimas muy de vez en cuando a través de un apartado postal alejado.

—Doña Marta... ¿qué pasó? ¿Cómo está mi tía? —pregunté, sintiendo un nudo amargo cerrarse en mi garganta.

Se produjo un silencio pesado al otro lado de la línea. Un suspiro tembloroso que presagiaba lo peor.

—Elena... la señora Beatriz falleció anoche. Se fue tranquilita, mientras dormía, pero... no hay nadie allá que se haga cargo de sus cosas ni del entierro. El párroco actual y la gente de la junta quieren quedarse con su casita si nadie reclama el cuerpo y los papeles. Pensé que debía avisarte.

El mundo pareció detenerse. El vaso de jugo se me resbaló de los dedos, estrellándose contra el suelo de mármol y salpicando la cocina.

—¿Elena? —Damián estuvo a mi lado en un segundo. Me tomó por los hombros mientras yo soltaba un sollozo ahogado.

—Murió la tía Beatriz... —logré articular, rompiéndome por completo—. Damián, la tía Beatriz murió. Está sola allá... y quieren quitarle todo.

Rompí a llorar, apoyando la frente en su pecho. La tía Beatriz era mi último lazo de amor verdadero con esa tierra maldecida. Saber que había muerto sola, y que los mismos hipócritas de la iglesia local ya estaban rondando su casa como buitres, me destrozaba el corazón.

Damián me sujetó con una fuerza protectora e inquebrantable. Tomó el teléfono de mi mano y habló con la mujer con ese tono de autoridad absoluta que no admitía réplica.

—Doña Marta, habla el esposo de Elena. No toquen nada y no permitan que nadie ponga un pie en esa casa. Salimos para allá inmediatamente.

Colgó la llamada y me levantó el rostro con delicadeza, limpiándome las lágrimas con sus pulgares.

—Vamos a volver —dijo, con la voz profunda y los ojos convertidos en dos brasas oscuras—. Le daremos a tu tía el entierro digno que se merece y cerraremos ese capítulo para siempre. Nadie se va a aprovechar de lo que era suyo.

—Damián... es San Judas —susurré, sintiendo cómo el pánico de la joven de veintiún años intentaba devorarme de nuevo—. Si volvemos allá... el pueblo, la iglesia, las murmuraciones...

—Ya no eres la niña indefensa de ese pueblo, Elena —me interrumpió con firmeza, mirándome fijamente—. Y yo ya no soy un sacerdote acorralado por los votos. Somos los dueños de nuestras vidas. Si ese pueblo intenta alzarnos la voz, los destruyo.

Tres horas después, la camioneta negra blindada ya estaba en la autopista, dejando atrás la silueta de los rascacielos de Los Ángeles y adentrándose en las carreteras secundarias que conducían hacia las montañas.

El ambiente dentro del vehículo era tenso. En el asiento trasero, Lucas dormía abrazado a su peluche, ajeno a la tormenta silenciosa que atravesaba a sus padres. Yo miraba por la ventana, con las manos apretadas sobre el regazo, viendo cómo el paisaje urbano y moderno se transformaba gradualmente en bosques tupidos, neblina densa y carreteras olvidadas.

A mi lado, Damián conducía con las manos firmes en el volante, la mandíbula apretada y una expresión indescifrable. Cada kilómetro que nos acercaba al letrero de entrada de San Judas era como retroceder en el tiempo, como si el aire se volviera más denso, más frío y más cargado de culpa.

El dolor por la pérdida de mi tía me carcomía por dentro, pero el verdadero terror era el abismo que nos esperaba al final del camino. Íbamos a poner pie en la tierra que juramos no volver a pisar, llevando con nosotros a nuestro hijo y enfrentando los fantasmas de una iglesia que nunca nos perdonó.

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