Adrián salió de la oficina cuando ya había caído la noche. No volvió a casa como siempre.
Esa vez no quería silencio, ni explicaciones, ni miradas cargadas de preguntas. Quería ruido. Copas. Voces ajenas.
Se sentó con algunos conocidos del mismo medio. Whisky tras whisky, la conversación giró alrededor de negocios, poder, cifras… nada personal. Nada que doliera. Pero por dentro, el cansancio lo estaba alcanzando.
En casa, Valeria miraba el reloj por enésima vez.
Nunca llegaba tarde.
La mente empezó a traicionarla. Se cansó. Está con alguien más. No volvió porque ya no quiere hacerlo.
Le escribió.
Nada.
Volvió a escribir.
Silencio.
Ese vacío fue peor que cualquier discusión.
Cuando finalmente la puerta se abrió, Valeria estaba de pie. Enojada. Dolida. Vulnerable.
Adrián entró con pasos firmes, el saco abierto, el nudo de la corbata suelto. Había bebido, sí… pero lo que más impactó fue su presencia. Esa energía que no aparecía desde hacía años. El hombre que no dudaba. El CEO que no ped