Valeria se miró al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, no buscó aprobación ni certezas externas. Solo se miró a ella misma.
No era el vestido lo que la hacía temblar —aunque caía perfecto, delicado y firme como ella—, ni el murmullo lejano de la prensa esperando afuera. Era la conciencia plena de lo que estaba a punto de elegir.
No huía. No negociaba. No se escondía.
Elegía.
Respiró hondo cuando alguien tocó suavemente la puerta.
—Es hora —dijeron desde afuera.
Valeria cerró los ojos un