El amanecer llegó demasiado pronto.
La habitación todavía estaba envuelta en esa quietud que solo existe antes de que el mundo reclame a las personas. Valeria abrió los ojos primero. Adrián estaba despierto, mirándola en silencio, como si quisiera memorizar cada gesto.
—¿Cuánto tiempo te queda? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—Muy poco —respondió él con honestidad—. El vuelo no espera… y tampoco la empresa.
Valeria asintió despacio. No hubo reproches. No era ese tipo de amor.
Se levantaron juntos, moviéndose con lentitud, como si cada paso fuera una forma de retrasar lo inevitable. Adrián se vistió sin prisa. Valeria lo observaba desde la cama, abrazándose las piernas, con esa mezcla de orgullo y tristeza que solo se siente cuando amas a alguien que no puedes retener.
Antes de salir, Adrián se acercó y se arrodilló frente a ella.
—No me mires así —dijo, apoyando la frente en sus rodillas—. No me estoy yendo de ti.
Ella pasó los dedos por su cabello.
—Lo sé —susurró—. Per