El amanecer llegó demasiado pronto.
La habitación todavía estaba envuelta en esa quietud que solo existe antes de que el mundo reclame a las personas. Valeria abrió los ojos primero. Adrián estaba despierto, mirándola en silencio, como si quisiera memorizar cada gesto.
—¿Cuánto tiempo te queda? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—Muy poco —respondió él con honestidad—. El vuelo no espera… y tampoco la empresa.
Valeria asintió despacio. No hubo reproches. No era ese tipo de amor.
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