La decisión no llegó como un impulso.
Adrián la tomó una mañana cualquiera, mientras revisaba su agenda y fingía que el nudo en el pecho no existía. Había aprendido a disfrazar las razones verdaderas con argumentos impecables.
Un congreso.
Una reunión estratégica.
Una oportunidad que no podía delegar.
Todo era cierto.
Y aun así, no era toda la verdad.
Reservó el vuelo sin pensarlo demasiado. Como si hacerlo rápido le impidiera arrepentirse.
Antes de cerrar la computadora, tomó el teléfono.
El nombre de Valeria apareció en la pantalla con una familiaridad que todavía le desarmaba algo por dentro.
—¿Hola? —respondió ella, con esa calma que últimamente le resultaba extraña.
—Voy a viajar —dijo él, directo—. Por trabajo. Estaré unos días en la ciudad.
Hubo un segundo de silencio. Breve. Medido.
—Entiendo —contestó Valeria—. ¿Todo bien con el proyecto?
—Sí. Bastante movimiento, pero nada fuera de control.
Mentía con elegancia.
Como siempre.
—Me alegra —dijo ella—. Que te vaya bien.
Eso fue