La noche había avanzado sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
El evento había terminado, las luces del salón se habían apagado y el murmullo de la ciudad se filtraba apenas por las ventanas del hotel. Valeria permanecía sentada en el borde del sofá de la suite asignada para cerrar asuntos finales del proyecto. El vestido colgaba olvidado en el respaldo de una silla; ahora llevaba una blusa sencilla, el cabello suelto, el cansancio a flor de piel.
Adrián estaba de pie, cerca de la ventana, con una copa intacta en la mano. No bebía. No podía. Todo en él estaba demasiado despierto.
—Esto fue un error —dijo Valeria al fin, rompiendo el silencio.
Él no se giró.
—¿El proyecto? —preguntó, sabiendo la respuesta.
—Nosotros.
Adrián cerró los ojos un segundo antes de girarse. Cuando la miró, ya no había dureza en su rostro. Solo una honestidad que había evitado durante demasiado tiempo.
—Llevo años cometiendo ese error —respondió—. Y aun así… nunca quise corregirlo.
Valeri