El castigo llegó al día siguiente.
No fue anunciado.
No fue explicado.
Simplemente ocurrió.
Cuando entré a Blackwood Corporation esa mañana, el ambiente era distinto. No había miradas curiosas ni murmullos contenidos. Había algo peor: silencio absoluto. Un silencio que no era casual, sino impuesto.
La secretaria no me saludó.
Los ejecutivos bajaron la mirada al verme pasar.
Y cuando llegué a mi escritorio improvisado —una mesa de vidrio frente a la oficina de Adrian— entendí.
No estaba ahí para