No dormí.
O, al menos, no como se supone que duerme una persona libre. El descanso fue fragmentado, superficial, interrumpido por la sensación constante de estar siendo observada. Cada sonido del departamento —el aire, el leve clic de algún sistema oculto— me mantenía alerta.
Cuando el amanecer tiñó de gris los ventanales, ya estaba despierta.
El teléfono negro vibró a las seis en punto.
No me sorprendió.
—Prepárate —dijo la voz de Adrian sin preámbulos—. Salimos en treinta minutos.
—No voy a i