El mundo se inclinó bruscamente. Eva sintió que el suelo bajo sus pies se convertía en arena movediza mientras la profesora Ramírez explicaba algo sobre ecuaciones diferenciales. Las voces a su alrededor se distorsionaron, como si de repente estuviera escuchando todo a través del agua.
—¿Eva? —la voz de Claudia sonaba lejana—. ¿Estás bien? Estás pálida.
Intentó responder, pero su lengua parecía de plomo. Un sabor metálico inundó su boca, espeso y cálido. Familiar de alguna manera que no lograba