La luna menguante apenas iluminaba el bosque cuando Lucian salió de la casa. Sus pasos no hacían ruido sobre la hojarasca; siglos de práctica le habían enseñado a moverse como una sombra. El aire frío de la madrugada no le afectaba, pero lo agradecía. Necesitaba esa sensación cortante para aclarar su mente, para alejar el aroma de Eva que parecía haberse impregnado en cada rincón de su ser.
La sed lo consumía. No era hambre, no era deseo. Era una necesidad primitiva que arañaba sus entrañas y n