El dolor en mi pierna era como un latido constante, un recordatorio pulsante de mi vulnerabilidad. Cada paso que daba por el terreno irregular era una pequeña tortura, pero me negaba a mostrar debilidad. No frente a él. No frente a Damián.
Caminábamos en silencio por un sendero estrecho entre la vegetación. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados que en otra situación habría encontrado hermosos. Pero la belleza del atardecer contrastaba cruelmente con la oscuridad qu