El amanecer se filtraba por las rendijas de la ventana cuando abrí los ojos. Damián ya estaba despierto, revisando meticulosamente su equipo. Sus movimientos eran precisos, mecánicos, como si cada gesto hubiera sido ensayado mil veces. Lo observé en silencio, estudiando la forma en que sus manos manipulaban cada objeto con una familiaridad inquietante.
—Buenos días, bella durmiente —dijo sin levantar la mirada—. Tenemos trabajo que hacer.
Me incorporé, sintiendo cada músculo protestar. La adren