El miedo tiene un sabor. Es metálico, como sangre en la boca. Lo he probado tantas veces en las últimas semanas que ya forma parte de mi dieta diaria. Sentada en el suelo de esta habitación destartalada, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas contra el pecho, me pregunto cuánto más puede soportar una persona antes de quebrarse por completo.
El cansancio no es solo físico. Es como si alguien hubiera abierto un agujero en mi alma y por él se escapara toda mi energía, gota a gota.