Un vampiro anhelante.
Mientras tanto en el palacio egipcio. Marina, había estado sufriendo la presencia de Vladimir.
Había resultado ser que ella era su alma gemela, y que ese vampiro estaba ahí para reclamarla, más a pesar de sentirse inevitablemente atraída por él, no estaba dispuesta a ser su compañera.
— Papá, ¿Crees que debería aceptar mi destino y convertirme en la reina de Vladimir? Creo que él no tiene madera de novio, ni de esposo. Quizás de amante si, alguien con quién pasar el rato.
— Si no te agrada, entonces rechazalo, dile que no estás interesada en nada que tenga que ver con él, y yo le pediré que se marche.
— Ese es el problema, papá, cada vez que pienso en decirle que se vaya al diablo siento un vacío en el pecho que no me deja tranquila hasta que deshecho la idea.
— Aahh, entonces se honesta contigo misma y con el vampiro y el Leprecham. Ese gnomo, pasa horas pegado a la puerta principal, insiste en no dejarte ir, tú eras su trébol de cuatro hojas, su vasija de monedas de oro