El aire en el claro se espesa como si pudiera cortarse con un cuchillo. La luna, llena y silenciosa, pende sobre nosotros como un ojo abierto de Selene, vigilante, expectante. El canto de los ancianos se eleva, profundo, antiguo, un eco del primer pacto hecho entre la Diosa y los hijos de la Luna.
Y entonces todo empieza.
Mi respiración se corta cuando un latigazo de energía recorre mi columna. Mis rodillas se hunden en la tierra húmeda y fría. Un grito se me atraganta en la garganta, pero sale