La sensación de que algo estaba por romperse no desapareció.
Empeoró.
Durante los siguientes cuatro días, Luna de Plata funcionó como siempre por fuera.
Los guerreros entrenaban.
Las patrullas recorrían las fronteras.
Las familias continuaban con sus rutinas.
Los ancianos seguían reuniéndose.
Todo parecía normal.
Pero por debajo de esa apariencia, la tensión crecía como una grieta invisible.
Y Kael podía sentirla.
Porque ser alfa no consistía únicamente en dirigir.
También consistía en escuchar