Amelia supo que algo iba mal antes de que nadie dijera una sola palabra.
Fue una sensación extraña.
Un presentimiento.
Como si Astrynn hubiera percibido un cambio en el viento.
La mañana había comenzado tranquila.
Demasiado tranquila.
Y después de las últimas semanas, Amelia había aprendido a desconfiar de la tranquilidad.
Porque la calma ya no significaba seguridad.
A menudo significaba que algo estaba preparándose.
Esperando.
Moviéndose fuera de su campo de visión.
Esperando el momento adecua