Amelia se quedó inmóvil frente a Kael, el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. El bosque entero parecía contener el aliento. Las sombras se movían lentamente entre los árboles, como si la noche observara en silencio.
Pero nada imponía más que él.
Kael estaba a pocos pasos, respirando con dificultad, los hombros tensos, las manos temblando. El control que normalmente lo definía estaba hecho pedazos. Sus ojos—los ojos de Nairo—brillaban en un dorado salvaje, tan dilatados que ap