El bosque estaba vivo.
No vivo como siempre—sino vivo de una forma peligrosa, cargada, vibrante, como si cada raíz y cada hoja contuvieran un estremecimiento antiguo. La luna se filtraba entre los árboles en líneas plateadas que parecían señalar un camino, conduciendo a Amelia con precisión cruel.
Ella corría con la respiración agitada, pero su cuerpo no se agotaba.
No podía agotarse.
El tirón del vínculo era un hilo ardiente prendido en el centro de su pecho que la empujaba hacia adelant