Kael se había prometido a sí mismo que podría manejarlo.
Habían pasado solo dos días desde el ritual, apenas cuarenta y ocho horas desde que la luna lo había unido a Amelia de un modo que él nunca pidió, y aun así llevaba cada minuto sintiéndose como si arrastrara cadenas que ardían. El vínculo latía como un hilo vivo en su pecho, tirando hacia ella con cada respiración, exigiendo atención, contacto, proximidad. Como si su lobo —o la luna misma— quisiera recordarle que ese lazo no era una suger