La noche estaba demasiado silenciosa para su gusto.
Kael había regresado a su casa después del ritual porque cada voz en la manada, cada susurro, cada mirada perdida entre los árboles parecía apuntar hacia él.
Hacia lo que había ocurrido.
Hacia lo que él sentía.
Empujó la puerta de la cabaña y el aire cálido del interior lo recibió, pero ni siquiera eso logró aliviar la presión en su pecho. Se pasó una mano por el rostro, como si pudiera borrar el recuerdo de Amelia, temblando, recién nacida en