La noche caía pesada sobre el Castillo Dorado. Desde que habían visto la señal grisácea que Marcus había enviado, nadie había podido dormir del todo. Euwen caminaba por los pasillos de piedra, con el vestido ligero rozando sus piernas, la mente llena de dudas. Todavía no podía perdonarse a sí misma por la confusión que sentía hacia Lairael. Él era Numen, el que ocultaba secretos, el que parecía saber más de lo que decía… y sin embargo, cada vez que él se acercaba, su cuerpo traicionaba su ira,