Después del ataque, todo el castillo estaba en alerta máxima, pero Euwen no pensaba en la seguridad, ni en las defensas, ni en Marcus. Solo pensaba en Lairael, en su herida, en cómo se había interpuesto entre ella y la muerte. Se había encerrado en sus habitaciones, sentada en el borde de la cama, esperando. Sabía que él vendría. Y efectivamente, pocos minutos después, la puerta se abrió y él entró.
Llevaba el pecho descubierto, y la herida habia desaparecido su paso era firme, su presencia ta