CAPÍTULO 5: LA FUGA DE LA LUNA ROJA

Valeriah se retiró a su habitación, sin poder dormir una noche larga y tormentosa en el que solo podía recordar las palabras kai.

El amanecer no trajo consuelo, sino una sentencia. El cielo sobre Burgo se había teñido de un rosa violento, aplastandola con un presagio nefasto antisipando el eclipse que se avecinaba. En el castillo "Luz de Luna", el aire vibraba con una actividad frenética que a Valeriah le resultaba odiosa e insultante. Escuchaba el arrastrar de pesados muebles, el murmullo de las sirvientas y el eco de los preparativos para el ritual de apareamiento que la co dejaba a la unión con Marcus con un banquete que ella consideraba un funeral: el de su libertad.

Valeriah permanecía de pie ante el ventanal de su habitación, con piedra fría del borde. Sus manos frías se mantenían en puño. Abajo, en el patio de armas, Marcus supervisaba a la guardia. Se movía con una suficiencia nueva, de un Alfa recien nombrado con una arrogancia que le ensanchaba los hombros. Ya no era solo el guerrero destacado o el amigo de la infancia; era el hombre que, en pocas horas, reclamaría el derecho de marcar su piel y encadenar su linaje al suyo.

—No seré el trofeo de nadie —susurró Valeriah, y su propio aliento empañó el vidrio.

Se apartó de la ventana con un movimiento brusco. En la cama descansaba el vestido de seda blanca, una prenda etérea que le habian traído junto al desayuno; que parecía ser diseñada para una virgen sacrificada, no para una capitana. Lo apartó con desprecio, dejando que cayera al suelo como basura. En su lugar, buscó su armadura de cuero de combate, la que estaba curtida por el sudor y la sangre de los entrenamientos. Se ajustó las correas con rabia, sintiendo cómo el material ceñía su cuerpo, devolviéndole la sensación de ser dueña de su destino y no una pieza en un juego que no entendia.

Ocultó una daga de plata pura en el interior de su bota derecha y otra, de acero rúnico, en su muslo izquierdo. Si su padre le había mentido sobre su madre y sobre su origen, si su marca era una "llave" y no solo un don, las respuestas no estaban en los brindis de una boda forzada. Estaban en las sombras que Kai Wulf le había mostrado como un espejo prohibido.

Tenía que entender y a la vez escapar de esa farsa y no podia esperar a que las sombras de las verdades a medias la detuvieran. Valeriah conocía el castillo de piedra de "Luz de Luna" mejor que nadie. Se deslizó por los pasadizos de servicio, aquellos que olían a humedad y a siglos de secretos olvidados. Evitó a los centinelas no por miedo, sino por no enfrentar una violencia inesesaria; no quería derramar sangre de su propia manada.

Sin embargo, al cruzar la puerta trasera y adentrarse en los límites del Bosque de los Susurros, el aire cambió. El aroma a pino y roble se volvió denso, casi eléctrico. Una presión invisible descendió sobre sus hombros.

—¿A dónde crees que vas, mi luna?

La voz de Marcus emergió a sus espaldas cargada de una decepción tan pesada que parecía tangible. Él no estaba patrullando; la estaba esperando. Salió de entre dos robles centenarios, y la luz filtrada del sol naciente reveló un rostro que Valeriah apenas reconoció. No había rastro de la calidez de su juventud. Sus ojos azules tenían un brillo febril, la mirada de un macho alfa que detecta a una presa intentando saltar la valla de su territorio.

—Me voy, en busva de la verdad Marcus —respondió ella, desenfundando su espada con un siseo metálico que rompió el silencio del bosque—. No habrá ceremonia. No habrá vínculo. Busca a otra mujer que quiera ser la sombra de tu poder.

Marcus soltó una risa seca, un sonido carente de humor que erizó el vello de la nuca de Valeriah.

—¿Crees que esto se trata de tus deseos, Valeriah? Eres la Elegida. Eres el eje sobre el cual girará nuestra supervivencia. Tu padre lo entiende. El consejo lo entiende. ¿Por qué te empeñas en ser tan condenadamente difícil?

—Porque mi vida me pertenece —replicó ella, dando un paso lateral, buscando una apertura en su guardia.

—Te equivocas —Marcus acortó la distancia con una velocidad que no se creia por su gran tamaño. Sus ojos se volvieron completamente eléctricos—. Le perteneces a la manada. Me perteneces a mí por derecho de sangre y promesa. Si tengo que romperte la voluntad para salvarte de ti misma, lo haré con gusto.

Se lanzó sobre ella. Valeriah rodó por el suelo, esquivando un zarpazo que habría fracturado su mandíbula. Se puso en pie y lanzó una estocada, pero Marcus era un guerrero veterano. Atrapó la hoja de la espada con el antebrazo protegido por cuero y, con un movimiento brutal, desarmó a Valeriah, lanzando el acero rúnico a varios metros de distancia.

La lucha se volvió visceral, una coreografía de odio y una atracción animal que Valeriah odiaba reconocer. Marcus la embistió, derribándola sobre un lecho de hojas secas y raíces nudosas. El peso del hombre era abrumador. Sus manos, grandes y callosas, se cerraron alrededor de las muñecas de Valeriah, clavándolas contra la tierra.

—¡Suéltame, maldito seas! —rugió ella, forcejeando con cada fibra de su ser.

—¡Mírame! —gritó Marcus, su rostro a centímetros del suyo. Su aliento olía a una mezcla salvaje de feromonas y rabia—. ¡Te amo tanto que prefiero verte odiándome desde una celda que devorada por ese bastardo de Wulf! Voy a marcarte aquí mismo, Valeriah. Voy a reclamarte ante los dioses y el bosque, y cuando terminemos, no habrá duda de quién es tu dueño.

Marcus hundió su rostro en el cuello de ella. Valeriah sintió el roce de sus colmillos, la presión de sus labios reclamando su piel con una urgencia violenta. Un escalofrío de terror y una chispa de adrenalina prohibida recorrieron su columna. La fuerza de Marcus era una cárcel de carne; se sentía pequeña, vulnerable, una sensación que despertó en ella una furia que no era humana.

La marca en su cuello comenzó a arder. No era un calor suave; era como si le clavaran un hierro candente. Una energía oscura, fría como el hielo de un glaciar, empezó a manar de su interior. por un momento Marcus se detuvo. y ella concentro su energía para gritar:

—He dicho... ¡que me sueltes!

Una onda expansiva de fuerza invisible golpeó a Marcus en el pecho, lanzándolo tres metros hacia atrás. Él aterrizó de espaldas, jadeando, con los ojos llenos de sorpresa. Valeriah se puso en pie, su respiración agitada, sintiendo cómo el poder oscuro corría por sus venas como veneno dulce.

Un aplauso lento y rítmico rompió la tensión.

—Qué escena tan... romantica —la voz de Kai Wulf era fuerte, burlona y llena de peligro.

Kai estaba parado, observando el espectáculo con una mezcla de aburrimiento y morbo. Su presencia parecía drenar el color del bosque, volviendo el claro un escenario de sombras alargadas. Sus ojos dorados se clavaron en Valeriah, recorriendo su ropa desgarrada y su cabello desordenado con una intensidad que la hizo sentir más desnuda que el contacto de Marcus.

—El perro faldero intentando doblegar a la loba —continuó Kai, dando un paso hacia adelante—. Realmente, Marcus, esperaba más de los Lobo Bestia. Pero parece que solo saben morder lo que no pueden seducir.

Marcus se levantó, transformándose a medias. Su piel se cubrió de vello grisáceo, sus garras se extendieron y un rugido inhumano brotó de su garganta.

—¡Wulf! Voy a arrancarte la lengua y a dársela de comer a mis perros.

— wuy que miedo. Inténtalo, cachorro —desafió Kai. Quien no desenvainó ningún arma. No lo necesitaba. El aire a su alrededor empezó a arremolinarse, cargado de partículas de sombra que devoraban la luz del sol.

Valeriah miró a ambos. Marcus era el pasado, la seguridad de una tradición que la quería sumisa y silenciosa. Kai era el abismo, el caos de una verdad que prometía destruirla o liberarla. La marca en su cuello pulsó reconociendo la oscuridad que emanaba de Kai como una nota armónica que se mezclaba con la luz de su frente.

—Basta —dijo Valeriah. Su voz no tembló. Se colocó entre los dos hombres, pero su cuerpo estaba orientado hacia Kai—. Marcus, si das un paso más, la próxima vez no me detendrá mi cariño hacia ti y te cortaré la garganta.

—¿Vas a elegirlo a él? —Marcus retrocedió un paso, su rostro una máscara de agonía traicionada—. ¡Es un asesino! ¡Es el fin de tu alma!

—Mi alma ya está condenada por las mentiras de mi padre y por tu actitud —respondió ella. Se giró hacia Kai, cuyos labios se curvaron en una sonrisa depredadora—. Llévame a donde pueda ver y entender la verdad. Enséñame lo que ellos tanto temen. Pero recuerda esto, Wulf: no soy tuya, ni tu premio. Soy tu aliada momentánea hasta que deje de convenirme. Si intentas lo mismo que él, descubrirás por qué me llaman la Luna de Plata.

Kai extendió una mano. Sus dedos rozaron la mejilla de Valeriah, un contacto eléctrico que hizo que el mundo a su alrededor se desvaneciera.

—Me gustan las mujeres con colmillos, Valeriah. Hacen que la rendición sea mucho más... satisfactoria.

Marcus se lanzó al ataque con un rugido final de desesperación, pero fue demasiado tarde. Kai envolvió a Valeriah en su pesada capa de sombras. El frío absoluto la consumió por un segundo, un silencio sepulcral que cortó el sonido del bosque.

Kai estaba detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento en su nuca.

—Bienvenida a mi territorio, pequeña traidora.

Valeriah observó el horizonte rojo. Había dejado atrás su manada, su honor y su nombre. Pero mientras la mano de Kai se posaba con una posesividad gélida en su cintura, supo que la verdadera guerra no estaba en los campos de batalla, sino en el hambre oscura que ese hombre acababa de despertar en su interior.

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