El contacto de los dedos de Kai contra su cuerpo no fue cálido, sino un chispazo de estática que hizo que la marca oculta en su cuello vibrara en un reconocimiento violento. Por un segundo, el mundo alrededor —el bosque de sus ancestros, el jadeo herido de Marcus, el olor a pino y roble— se desvaneció por completo. Fue como si una cortina de terciopelo negro hubiera caído sobre sus ojos, dejando solo dos puntos de referencia en el universo: las pupilas doradas de Kai Wulf y el latido errático