Marcus, con las riendas del poder en las tierras del Norte, se sentía el amo absoluto de su destino. Con el control de ambas manadas y el "permiso" inventado sobre Valeriah, se creía intocable, una ley en sí mismo. Pero el poder, un veneno insidioso, se le subía a la cabeza, y la ambición corría desenfrenada por sus venas.
El uso indebido de los recursos se convirtió en su nueva costumbre, especialmente con el cristal de poder que Valeriah, con una confianza mal depositada, le había encomendado