Los meses se arrastraban en el Castillo de Obsidiana, y la impaciencia de Kai crecía con cada luna que pasaba. Cada vez que se acostaba con Sara, el proceso era el mismo: un acto brutal y mecánico impulsado por la necesidad de un heredero que estabilizara su poder. Su frustración se hacía cada vez más patente, tiñendo su aura con una oscuridad más densa que antes.
—¿Y bien? —preguntaba cada mes con sequedad, el filo de su voz cortando el aire como un cuchillo.
—Aún no, mi Señor... debe ser el e