Llegamos a una celda que jamás había visto antes. No pertenecía a la zona usual de castigos ni a los calabozos donde encerraban a los ladrones; aquello era distinto… más silencioso, más oculto, más frío. Apenas cruzamos la puerta, supe que lo peor apenas empezaba.
Los guardias no perdieron tiempo.
—¿Lo envenenaste tú? —preguntó uno, golpeando la mesa con el puño—. ¿O viste quién lo hizo?
—¡No sé nada! —respondí, temblando.
Pero no les importó.
Trajeron un trapo empapado. Pude oler el agua antes