Mariana
—Entrégueme a mis hijos.
—Señora Mariana, me disculpa, pero eso no se va a poder; aunque descuide, yo los estoy protegiendo muy bien.
—No, señor Almohadón, ellos son mis hijos y tienen que estar conmigo.
—No, señora, lo que sí le puedo ofrecer es que se quede aquí con ellos, ¿le gustaría?
—No voy a ser su prisionera; en ese caso, si no se pudo por las buenas, pues tocó por las malas. —Los ojos de Mariana se tornaron amarillentos.
—Un momentito, despacito. Por supuesto que me gustaría ve