ALBERTO
—Tengo que irme, no puedo dilatar más mis obligaciones, tengo que buscarla, que buscarlos.
—Eso es cierto, aunque todavía no estás recuperado; mejor es que se tomen estas medicinas.
Alberto, acostado en una colchoneta vieja hecha de guaduas, se estiró para recibir un líquido rosado en un pocillo que, por la mugre, era complicado saber su verdadero color y, entre quejidos, murmuró: —Ya estoy listo, no puedo quedarme aquí, este lugar me enferma, siento que estoy en el infierno.
—No te equ