MARIANA
En la oscuridad de la cueva, el aire congénito se asimiló a una cálida brisa cuando una huesuda mano le cogió el antebrazo y la misma voz ronca le preguntó:¿—Quién eres?
Ella giraba la cabeza en círculos, forzándose a respirar y apretando los dientes. Intentó autoconvencerse de que nada la tocaba, que eso era producto de su imaginación, quizás una pesadilla, y la mano la apretó más fuerte. La sacudió insistiendo en sus preguntas: —¿De dónde eres?
—Yo… yo… me llamo Mariana… soy humana—la