El tiempo, sin piedad continuaba su marcha y con él, la tristeza de Ángel no hacía más que crecer.
Cada día era una repetición del anterior, una cadena de horas vacías que solo servían para alimentar su melancolía.
El paso de los días no traía consuelo ni olvido, solo acumulaba ausencias, recuerdos y preguntas sin respuesta.
Las semanas se convirtieron en meses, y la ausencia de Coromoto lo envolvía como una niebla espesa e impenetrable.
Cada amanecer llegaba sin esperanza, con el mismo nudo e