El asistente de Ulises le entregó una dirección escrita en un trozo de papel arrugado.
Era un sector donde las farolas apenas parpadeaban para alumbrar escasamente una parte de la ciudad que parece sacada de las películas de terror.
Ulises condujo hasta allí dejando el auto varias calles más atrás camuflajeado entre la oscuridad del estacionamiento antes de dirigirse a la ubicación precisa.
No tuvo que buscar mucho. A mitad de una calle estrecha tres hombres corpulentos tenían a Eva acorralada