El asistente de Ulises le entregó una dirección escrita en un trozo de papel arrugado.
Era un sector donde las farolas apenas parpadeaban para alumbrar escasamente una parte de la ciudad que parece sacada de las películas de terror.
Ulises condujo hasta allí dejando el auto varias calles más atrás camuflajeado entre la oscuridad del estacionamiento antes de dirigirse a la ubicación precisa.
No tuvo que buscar mucho. A mitad de una calle estrecha tres hombres corpulentos tenían a Eva acorralada contra la pared de cemento de su propia vivienda.
— Te lo advertimos, muñeca — dijo uno de los usureros, golpeando la palma de su mano con una vara de metal — El plazo se venció al mediodía. ¿Dónde está nuestra parte?
— Se los daré mañana, lo juro — suplicó Eva, con la voz entrecortada pero manteniendo la mirada alta — Conseguí algo de dinero anoche, solo necesito cambiarlo, es... es mercancía difícil de mover.
— No nos sirven tus promesas — espetó el otro, acercándose a ella con intenciones cla