El reloj en la pared de la casa apenas marcaba las cuatro de la madrugada cuando Eva abrió los ojos.
Se movió con el mayor sigilo que pudo, evitando que las tablas del suelo crujieran como si alguien de afuera pudiera escucharlo.
Con manos rápidas recogió lo poco que tenía de valor: un par de joyas familiares ocultas en un hueco de la pared y un maletín desgastado donde metió apenas tres cambios de ropa.
Echó una última mirada a la desordenada estancia y salió al frío cortante de la noche.
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