Apenas cruzaron el umbral de la inmensa estancia, el eco de unos pasos rápidos sobre el mármol anunció la llegada de alguien. Una mujer de una elegancia radiante, con el cabello perfectamente peinado y un vestido de seda que fluía con cada movimiento se lanzó a los brazos de Alejandro.
— ¡Alejandro! Por Dios, no llegaste a dormir, no contestabas el teléfono... — exclamó ella, rodeándole el cuello con los brazos.
Era Ámber, su esposa. Eva se quedó ahí de pie, sintiéndose como un espectro sucio e