Bajo la presión de esa mano de hierro Eva sintió que el mundo se encogía. Miró a Lucas de reojo y el informante mantenía una calma fingida, pero sus ojos eran una advertencia silenciosa: si yo caigo, tú vienes conmigo.
Eva tragó saliva, sintiendo el nudo de ansiedad quemándole la garganta. Sabía que Ulises no era un hombre al que se le pudiera engañar con una mentira burda pero tampoco podía lanzarse al vacío sin pruebas. Si lo delataba ahora y Ulises descubría su conexión real con el robo del