El glamour de la fiesta se desvaneció tras una pesada puerta de madera que parecía parte de la pared. En un segundo, el brillo de los diamantes fue reemplazado por la penumbra de un pasadizo estrecho y frío que olía a piedra húmeda. Ulises no caminaba; avanzaba con una determinación mecánica, sujetando a Eva de la muñeca con una fuerza que amenazaba con dislocarle la articulación.
— ¡Suéltame! ¡Ulises, por favor, me estás lastimando! — gritó Eva, su voz rebotando en las paredes de piedra.
Él no