El frío de la cámara subterránea no era un frío natural: era una presencia física que se le enroscaba en los tobillos y subía por sus piernas como serpientes de hielo. Eva se encogió en el suelo, tratando de que el lujoso vestido rojo ahora convertido en un jirón de tela polvorienta cubriera sus rodillas heridas. El silencio era tan denso que podía escuchar el eco de su propio corazón latiendo desbocado, hasta que un sonido siseante cerca de su mano la hizo saltar con un grito ahogado.
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